Rita Indiana y un cambio de piel

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Cuento Rita Indiana HCuando escribí en mi muro de Facebook que «El muñequito» de Rita Indiana me parecía (y me parece) «un desastre», no lo dije con ánimo de destruir sino como una reacción espontánea ante un texto en estado primitivo. Creo que así lo diría Edgar Allan Poe en su papel de crítico descarnado.

En mi caso la lectura es un oficio del que a veces regalo algunas horas a los que no me pagan por él. George Orwell lo dejó dicho bastante claro: «Hasta que uno desarrolla una especie de relación profesional con los libros no descubre lo malo que son la mayoría.» El ejercicio valorativo de un texto es para mí un acto de fe; la fe de encontrar asombro. Nunca leo un libro o un texto sin poner por delante esa fe que supongo similar a la del que espera descubrir un tesoro, aunque confieso que en la mayoría de los casos me arrebatan las decepciones. Pero aun así noto que la fe persiste porque ni siquiera es mía, sino de ese lector en el que me transformo con la intención de festejar el logro del autor. Por eso cuando descubro un texto que me resulta malogrado, como en el caso de «El muñequito» de Rita Indiana, la reacción no se hace esperar ante la composición primitiva.

Contrario de otros enfoques de lecturas, el mío siempre trato que no se detenga solamente en la interpretación del texto. Abrazo todo un conjunto de elementos que permiten diferenciar una composición pulida y acabada de otra descuidada o malograda. Camila Henríquez Ureña lo explicó de esta manera: «En toda creación literaria coherente se reconocen dos valores fundamentales: 1) el valor de significado semántico, 2) el valor formal o de expresión lingüística. Ambos están sujetos al principio común que es la intención. El valor de significado radica principalmente en la ficción, en el suceder ficticio. El valor de expresión radica principalmente en el lenguaje».

El lenguaje es, digamos, o repitamos lo ya sabido, la columna vertebral de cualquier texto literario. De él surgen las ramificaciones de la «intención» del autor, de modo que el resultado, el producto literario, dependerá del conocimiento que se tenga de este corolario. CHU explicó con claridad que «en el lenguaje literario, para diferenciarlo del lenguaje corriente, podemos destacar tres clases de valores: 1) Valor gramatical, de construcción y de sentido lógico; 2) Valor fonético, de sonido y ritmo; 3) Valor estilístico, de emoción y calidad espiritual.»

Por supuesto, a veces esos valores se aplican de acuerdo con el género, pues en poesía sería más el «valor fonético, de sonido y ritmo», mientras que la prosa o narrativa estaría sujeta, aunque no de manera absoluta, al «valor gramatical, de construcción y sentido lógico». Y por último el «valor estilístico, de emoción y calidad espiritual» se cruza sin aviso entre la prosa y la poesía, sobre todo la emoción y la calidad espiritual.

En «El muñequito» de Rita Indiana observo un ritmo, o más bien un tono a medias, pero poco valor gramatical o de construcción que imposibilitan incluso el análisis profundo, por ser un texto incoherente, sin un principio, un desarrollo ni un final definidos. El lenguaje de dicho texto es tan notoriamente deficiente que cualquier lector común podría darse cuenta de que en ese maremoto de signos hay enredos y serios problemas de sintaxis. En cuanto al género, no voy a detenerme en decir ni demostrar que el supuesto «cuento» no es un «cuento». En este caso lo que lo define como tal es el pequeño rótulo que aparece sobre el título del texto. Quizá la misma Rita Indiana envió su narración sin saber que los editores de la oficialista revista País Cultural la bautizarían como «cuento»; suele suceder. Por eso no vale la pena detenerme en definiciones que supongo conocidas por todos. Para mí no es ni siquiera un relato, sino fragmentos de recuerdos de adolescente, narrados de manera caprichosa y sin intención alguna. Poe diría que carece de efecto, de unidad de efecto.

Aun así, Armando Almánzar-Botello prefiere obviar los defectos del texto y enarbolar un criterio basado en una solidaridad escolar: “Respeto sus esfuerzos literarios», escribió luego de expresar que debería darme vergüenza por haber publicado una opinión que yo considero propia de cualquier lector atento. El subdirector de la Editora Nacional entiende también que «el verdadero crítico está llamado a señalar valores; en su defecto, no debe escribir nada sobre un autor si este no goza de su aprecio literario.»

Sin embargo, es algo en lo que no estamos de acuerdo. Soy de los que defienden o condenan la obra por encima del esfuerzo y el sacrificio de quien la escriba, sea hombre o mujer. Considero la obra publicada un valor independiente del autor que la crea, y un producto del que no se debe obviar el denominado «hecho literario» en el sentido de Yuri Tianiánov. De modo que la finalidad del juicio crítico debe ser la de «denunciar» que no hay agua donde el lector común o los familiares y amigos del autor ven un manantial. De lo contrario, la crítica solo contribuiría a la proyección de escritores mediocres y a la formación de lectores ociosos y deficientes.

La noción de Almánzar-Botello responde sin duda a un ejercicio de la crítica acomodadiza muy generalizado en la literatura dominicana. Lo vemos por ejemplo en autores de renombre insular como Héctor Incháustegui Cabral. «Si hay que examinar obras literarias deben ser nada más que aquéllas que tengan los merecimientos completos» —escribió HIC en el prólogo a su libro «De literatura dominicana del siglo veinte». Incháustegui Cabral y yo estaríamos de acuerdo en que «a la crítica no se le puede confiar el descubrimiento de los genios cuando todavía los genios están en kindergarden». Esto último sería trabajo de editor, si acaso, y de esos colaboradores que suelen encontrarse en la academia o en medios de comunicación obligados a llenar espacios culturales para los momentos de ocio de sus lectores, o de sus leedores como diría Pedro Salinas.

Incháustegui Cabral subrayó además que «el crítico debe ser un libre cazador de belleza, el localizador de los aciertos, nunca el Colón de los defectos, el termómetro de las caídas, el barómetro que desata las tempestades de la arena para ahogar a los falsarios.» El problema es que para localizar los aciertos hay que ser primero un lector amoroso capaz de lanzarse al fango de los defectos y sacrificar horas de estudio. De lo contrario sería imposible cazar la belleza más allá de la superficie del texto. No olvidemos que en este caso la belleza, si es que existe como tal, es el resultado combinatorio de esos valores literarios de los que hablaba Camila Henríquez Ureña.

Al parecer, consejos como los de Incháustegui Cabral hicieron eco en Almánzar-Botello y en escritores dominicanos que practican la crítica, o en aquéllos que prefieren alejarse completamente de ella para no convertirse en un ente desestabilizador de la paz en el Paraíso de las Letras. Sin embargo, el resultado apunta al deterioro de la literatura dominicana, pues el elogio inmerecido produce escritores mediocres e inocula en estos un infantilismo ridículo que despierta airado cada vez que se sienten tocados o vejados por opiniones que no favorecen su obra o las de sus amigos, parejas y demás miembros del cenáculo.

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AVISO:
El trabajo profesional que me exige la dirección de ANTILLENSE, nueva revista de Pensamiento Dominicano, me obliga a retirarme de mi faceta de articulista de la literatura dominicana mientras permanezca en dichas funciones. Gracias a todos los que leyeron o rechazaron estos trabajos que he venido publicando en los últimos tres años.

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