La Biblioteca Dominicana Básica

Colección Editora Nacional©  JOSÉ CARVAJAL / 

Cualquier lector que conozca el valor de nuestra literatura vernácula estaría de acuerdo conmigo. La colección Biblioteca Dominicana Básica que publica el sello estatal Editora Nacional es un buen producto. Es decir, siempre será un buen producto, porque se trata de textos representativos del pensamiento dominicano desde la fundación de la República (1844).

Nadie puede objetar por ejemplo la calidad o la importancia de obras de poetas y narradores como Tulio M. Cestero, Franklin Mieses Burgos, Federico García Godoy, Zacarías Espinal, Domingo Moreno Jimenes y Virgilio Díaz Grullón. El libro más reciente de la colección es «Décimas de siempre» de Juan Antonio Alix, a cuya importancia se sumó esta vez un homenaje al autor durante la Feria del Libro de Santo Domingo 2018.

El calificativo de colección Biblioteca Dominicana Básica remite al «sepulcro literario» de los autores. ¡Están muertos! Y muertos valen oro. Dejaron detrás una literatura capaz de servirnos para armar una colección básica, y eso hasta cierto punto es un reconocimiento póstumo a los afanes y las angustias de esos excelentes poetas y escritores que murieron quedando vivos. Porque no es cierto que muere quien logra perpetuarse en un buen libro o en un buen texto. Y ese, creo, es uno de los mensajes de la colección Biblioteca Dominicana Básica.

Sin embargo, antes de analizar para qué sirve la BDB debemos pensar en el legado de Julio Postigo, librero, pastor de la iglesia evangélica, y probable primer editor profesional de la literatura dominicana, ya que como escribió por ahí en su tiempo el poeta y crítico Héctor Incháustegui Cabral, «…imprime por su cuenta, no del autor, y a cuyo cargo corren los riesgos y problemas. Eso es más que suficiente.»

Datos exhumados de anaqueles donde descansan en paz los libros incomprendidos por los ingratos de la cultura, indican que Postigo inició la clásica Colección Pensamiento Dominicano en 1949, con una antología de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, titulada «Narraciones dominicanas» y prologada por Ramón Emilio Jiménez. Llegó a publicar un total de 54 tomos que fueron y siguen siendo base de muchas investigaciones de estudiosos dominicanos y extranjeros.

Subrayo un antes que allanó el camino a la Colección Pensamiento Dominicano: «En 1946 la Librería Dominicana [propiedad de Postigo] comienza a publicar la colección Estudios, dedicada a servir de material de lectura para estudiantes, a quienes, además, se les permitía leer, estudiar y copiar gratuitamente un fondo historiográfico puesto a su disposición en los salones de la librería, donde también se había habilitado una sala de lectura.»

Esos datos figuran en la semblanza de Postigo que aparece en la inmanejable recopilación de la Colección Pensamiento Dominicano, a cargo de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos con patrocinio de fondos públicos al través de Banreservas. Lo de inmanejable se desprende del formato demasiado grande y la poca calidad del papel y la reimpresión apretujada en pocos volúmenes de lo que podríamos llamar una «operación de rescate».

Por supuesto, toda colección editorial, quiérase o no, propone un canon solapado. Es canon porque para lograr la selección de tantas cosas buenas hay que ejercer el criterio de gusto y calidad; y eso obliga a ser excluyente, atisbar y poner a un lado lo que consideramos más relevante con la intención de salvarlo del olvido. Otros harán lo propio y salvarán igualmente del olvido algunos textos desdeñados por los primeros, pues cada quien juzga y ejecuta de acuerdo con su condición y circunstancias.

En el caso de la colección Biblioteca Dominicana Básica, todo indica que se debe a un viejo anhelo del actual ministro de Cultura, el laureado narrador y poeta Pedro Vergés. Lo ha dicho él mismo en reiteradas ocasiones: «Este es un sueño largamente acariciado como otras tantas cosas que se quedaron en el olvido, pero que hemos podido rescatar en esta gestión y, además, creo que estamos dejando a los jóvenes textos impecables.»

Es cierto que son textos impecables en el sentido de lo que cada uno de ellos representa en la historiografía literaria dominicana. Hay también un esfuerzo de cuidado de edición, aunque el destino de los títulos no parece claro. La colección de Postigo era para estimular la lectura entre los estudiantes, mientras que la BDB responde a un «sueño largamente acariciado» de Vergés y que ahora hace realidad dadas su condición y circunstancias.

Lo preocupante es que al final de la gestión de Vergés en el Ministerio de Cultura la colección BDB quede a la deriva por no parecer una decisión de buena gerencia, con propósito, estudiada, analizada, que amerite continuidad, sino el «sueño largamente acariciado» de un funcionario que ahora tiene a mano los recursos requeridos para elevar o poner en juego el destino del pensamiento dominicano.

De todas maneras el trabajo es loable, aunque yerra en la tarea de «salvar» lo que ha estado a salvo. O sea, los volúmenes de la Biblioteca Dominicana Básica sirven, quizá no tanto como en los tiempos de Postigo, para acercarnos de nuevo a la forma de pensar de autores de otras épocas; y para conocer la propuesta, el canon poco refrescante del propio ministro Vergés y del director de la Editora Nacional, el también poeta y narrador José Enrique García.

 

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