Juan Antonio Alix y un prólogo

Alix y Prologo FC©  JOSÉ CARVAJAL /

En una colección como la de Biblioteca Dominicana Básica (BDB), los prólogos no pueden pasar por alto, al menos para los que estudian y se interesan seriamente en la literatura de nuestro país. En esas palabras deben figurar las razones que elevan una obra a la categoría de ese catálogo.  Digo «razones» y no justificaciones porque la primera se basa en juicios irrefutables de lo que se pudiera llamar un hecho (literario) consumado, mientras que la segunda deja espacio a la duda por falta de rigor.

De modo que para mí lo más importante de la Biblioteca Dominicana Básica son los prólogos de estas obras fundacionales del pensamiento y las letras vernáculas. Por eso los leo y los estudio; y lamento decir que hay casos deplorables que no alcanzan la estatura de los llamados textos representativos.

AlixEl último caso que reposa sobre mi mesa de trabajo tiene que ver con el volumen más reciente de la BDB: «Décimas de siempre» de Juan Antonio Alix (1833-1918). El prólogo es del poeta y ensayista Fernando Cabrera, que comparte con Alix el haber nacido en la misma región del Cibao, en el norte de República Dominicana.

En realidad se nota que Fernando Cabrera hizo un grande esfuerzo por salir airoso de la tarea, pero a mi juicio no lo consiguió. Hay tropezones y caídas de bruces que pudieron haberse evitado si la Editora Nacional contara con un Consejo Editorial que funcione como se espera, pues da la impresión de que ninguno de los miembros (críticos) de dicho cuerpo regente leyó el prólogo que sin duda pone en tela de juicio el «rigor editorial» que pretende alcanzar la BDB, según anuncia la contraportada de cada uno de los volúmenes de la colección.

El «rigor editorial» hubiera pedido a Fernando Cabrera que reescribiera el prólogo, que aclarara cosas (como el confuso e inusitado paralelismo entre nuestro versificador provinciano Alix y el grandioso poeta universal Walt Whitman) y que revisara las citas, ya que estas podrían ser consideradas como un gesto de agradecimiento personal y no una aportación importante. De los autores que quiso incluir y no encontró referencias por escrito, Fernando Cabrera recurrió a lo que él llama «entrevista informal» y así permitirse nombrarlos en el «estudio introductorio» que hace acerca de Alix. Digamos que por pura casualidad tres de los citados (José Alcántara Almánzar, Bruno Rosario Candelier y José Enrique García) han ponderado la obra del propio FC y por lo menos otros dos (Danilo de los Santos y Carlos Fernández-Rocha) son coautores de un libro junto al poeta y ensayista nacido en 1964 en Santiago de los Caballeros. José Enrique García es el actual director general de la Editora Nacional y Bruno Rosario Candelier pertenece al Consejo Editorial del mismo sello estatal.

Al «elenco» de los anteriores se suman los nombres de Luis Beiro, encargado de la sección literaria de Listín Diario; y los fallecidos periodistas, investigadores y ensayistas Emilio Rodríguez Demorizi, José Ramón López, Joaquín Balaguer y Manuel Valldeperes, este último de origen español. Pareciera que por la cantidad de referencias deberíamos asumir que Fernando Cabrera hizo un buen trabajo. Sin embargo, antes de que nos impresione la abundancia de citas debemos preguntarnos qué tanto aportan las mismas al tema y al propósito del texto. En este caso, por ejemplo, creo que las de Bruno Rosario Candelier, Danilo de los Santos (ambas logradas por medio de «entrevista informal») y José Enrique García aportan muy poco, por no decir nada nuevo; repiten lo que ya sabemos, y en cuanto a lo de BRC y Danilo de los Santos el asunto es patético.

Transcribo lo de Bruno Rosario Candelier:
«Contrario a lo que se cree, Alix era un hombre ilustrado, culto, con conocimientos de los recursos de la lengua y arduo oficio de poeta, siendo el primero en el país en vivir de las letras. Fue no solo el más alto representante de la lírica popular, sino el primer escritor criollo que sustenta la base de la literatura dominicana, precedido en la época colonial, por sor Leonor de Ovando, la primera poetisa criolla y del Nuevo Mundo y, en el siglo XVIII, por Manuel Meso Mónica, autor representativo de la opinión pública de los habitantes de Santo Domingo en eventos importantes como el Tratado de Basilea, en 1795.»

Hacer una «entrevista informal» para no obtener nada novedoso, y más de un crítico tan celebrado en el espacio insular como Bruno Rosario Candelier, no es otra cosa que pérdida de tiempo. Por cierto, el fallecido Enrique Anderson Imbert, que fue alumno del humanista Pedro Henríquez Ureña, dejó escrito que la primera poetisa de América (lo que BRC llama Nuevo Mundo) fue Anacaona. Eso aparece en el primer tomo de su «Historia de la literatura hispanoamericana», publicada en 1954, cuando el argentino Anderson Imbert era catedrático de la Universidad de Harvard. Aquí comparto mi subrayado del texto de Anderson Imbert: «En la bella Anacaona, la primera poetisa americana de que sepamos algo –aunque se han perdido las letras que sus indios entonaban en los mencionados “areytos”–, Oviedo veía belleza, sí, pero disolución moral.»

En las palabras de Bruno Rosario Candelier observo además una afirmación que sospecho debatible («Alix era un hombre ilustrado, culto, con conocimientos de los recursos de la lengua…») y otra un tanto peligrosa para un académico («Fue no solo el más alto representante de la lírica popular, sino el primer escritor criollo que sustenta la base de la literatura dominicana…»).

El tiempo me obliga a dividir en varias entregas este trabajo, y aunque aun queda mucho por decir espero que no lleguen a más de dos, o si no resulta en la segunda trataré de concluir en la tercera. Por ahora cierro esta primera parte con una cita del propio Fernando Cabrera: «…pues desenredar esta madeja, además de tipificar el ADN literario, nos obligará a cuestionar algunos prejuicios». Y para los fines de estas observaciones yo diría que «desenredar esta nueva madeja creada por Fernando Cabrera, además de analizar el ADN literario, nos obliga a cuestionar algunos juicios», con los que se pretende sustentar la insólita pregunta del título del prólogo: «Juan Antonio Alix, ¿padre de la poesía dominicana?»

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