Juan Antonio Alix y un prólogo (2)

Alix portada© JOSÉ CARVAJAL /

En la entrega anterior, la primera, acerca del prólogo de Fernando Cabrera a la antología «Décimas de siempre» de Juan Antonio Alix, concluí citando al poeta y ensayista cuando dice: «…desenredar esta madeja, además de tipificar el ADN literario, nos obligará a cuestionar algunos prejuicios.»

Dije además que en ese afán de «desenredar la madeja» y de «tipificar el ADN literario» en busca de colocar a Alix en el lugar que le corresponde, FC crea un enredo mayor al insinuar en el título del prólogo que el versificador del municipio de Moca (provincia Espaillat) podría ser considerado el «padre de la poesía dominicana».  Intuyo que todo se debe a lecturas de juicios de otra época, sin la debida reflexión actualizada, que en vez de aclarar caminos oscurecen el entendimiento de nuestro desarrollo literario como país, como nación independiente, y como parte de una literatura hispanoamericana que tiene cuna en los tiempos de la Conquista de América.

Alix nació en 1833 y murió en 1918. Fue, sin lugar a dudas, un versificador estupendo que llegó a dominar la «técnica» de la décima espinela, del decir espontáneo, llano, inspirado siempre en lo popular, en el acontecer cotidiano, y por ello lo que más aflora en él son la intuición, la improvisación y la repentización. No se puede negar que los versos de Alix reflejan su época en asuntos políticos, social, histórico, y que son documentos importantes en el sentido antropológico. Se podría decir que fue un juglar criollo, porque como los cantores de la Edad Media el nuestro vendía sus décimas y se prestaba para el espectáculo público a cambio de dinero y regalos.

Citado por Fernando Cabrera, el español Manuel Valldeperes (1902-1970), que vivió gran parte de su vida en República Dominicana, indicó en su momento que la de Alix «se trata de una poesía espontánea, simple y deliberadamente intencionada de la que, como sucede con toda la poesía universal de ese género, pueden extraerse enseñanzas no solo de situaciones específicas, sino de deducciones temperamentales sobre el estado de ánimo de la comunidad a la cual los hechos narrados se refieren.»

Esa podría ser una punta de la madeja de Fernando Cabrera, agregándole una parte excluida del mismo texto de Valldeperes: «Juan Antonio Alix no era propiamente poeta; pero sí un dominicano que se sentía plenamente identificado con todo cuanto, en su tiempo y en su medio, tenía interés colectivo.»

El enredo de FC empieza con afirmaciones propias, hechas a la ligera, y con preguntas que el prologuista lanza al aire como el niño que se divierte soplando pompas de jabón. Ya sugerí que cualquier paralelismo con Walt Whitman («…un cosmos, el hijo de Manhattan») es una exageración insular, tomando en cuenta que Alix representa un localismo regional (el Cibao) dentro de un localismo nacional (República Dominicana) y nunca una poesía trascendente (universal).

También citado por Fernando Cabrera, el clásico periodista y ensayista José Ramón López (1866-1922) escribió que «Juan Antonio Alix está solo, único como poeta criollo importante.» Lo dijo después de destacar que «su espíritu [de Alix] era una pradera matizada de flores del país que nadie sembró adrede. Las aves, el viento, los insectos nacionales regaron inconscientemente la semilla que germinó en ese medio que le era propicio.» El problema es que José Ramón López habría escrito eso hace más de 90 años y que tal vez en su tiempo Alix fuera el «único poeta criollo importante», aunque también eso es discutible, pues aceptar dicha afirmación sería «sacrificar a otros poetas», como diría Héctor Incháustegui Cabral; negar por capricho la existencia de otros con igual o mayor mérito que el llamado «Cantor del Yaque». Le tocaba a Fernando Cabrera analizar lo expresado por José Ramón López y traerlo a nuestro tiempo, con las enmiendas correspondientes, y no saltar de inmediato, como si se tratara de una burda nota periodística, a lo que dijo el investigador Emilio Rodríguez Demorizi (1904-1986), que a su modo concluyó que «en su larga vida de ochenta y cinco años nadie lograría arrebatarle [a Alix] el cetro de la poesía popular dominicana. Sus producciones innumerables corrieron dispersas en volantes y en casi todos los periódicos del país.» Como vemos, Demorizi cuida el detalle al referirse a la «poesía popular dominicana» y no a la «poesía dominicana» a secas, y al someter su juicio solo al período de los ochenta y cinco años de vida de Alix.

Las fuentes utilizadas por Fernando Cabrera para favorecer la idea de que Alix podría ser considerado el «padre de la poesía dominicana» carecen de sentido, sobre todo por falta de explicación en el contexto de lo formulado. Parecen colocadas para llenar espacio y no como ejercicio de exposición historiográfica. Asimismo, creo que la elaboración de preguntas caprichosas («¿Puede Juan Antonio Alix desde lo popular, con décimas escritas desde 1850, reclamar la progenitura genérica?») allana el camino a la confusión en casos de extranjeros estudiosos de nuestra literatura y ante esa nueva generación a la que está dirigida la colección Biblioteca Dominicana Básica que publica la estatal Editora Nacional, sello responsable de «Décimas de siempre».

En la entrega anterior dije ya que las citas de Bruno Rosario Candelier, José Enrique García y el historiador y crítico de arte Danilo de los Santos no aportan nada frente a las de José Ramón López, Manuel Valldeperes, Emilio Rodríguez Demorizi y Joaquín Balaguer, que recoge igualmente Fernando Cabrera.

Despejado el camino de las citas –que no son más que voces ajenas de lo que queremos decir y no podemos–, en la tercera parte de este trabajo hablaré de los apartados del prólogo de Fernando Cabrera y del lugar que a mi juicio ocupa Juan Antonio Alix tras un centenario de su muerte; y después de tantos torrenciales y divinas cosechas poéticas que hacen de este maravilloso país merecedor no de uno, sino de muchos padres (inclúyase madres) de la Poesía vernácula.

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