Las serpientes de Martín Paulino

Martin Paulino Serpientes

© JOSÉ CARVAJAL /

José Martín Paulino tiene asegurado por lo menos un eslabón de acero inoxidable en la cadena de narradores dominicanos contemporáneos. Un eslabón es mucho en un país donde el salitre y la política lo corroen todo. Salirse del montón sin abandonar el espacio ni las circunstancias es ya una proeza llamada a resistir el balance de la conciencia del tiempo. Y parte de eso lo construye este autor nacido en el municipio de Pimentel de la provincia Duarte, pero felizmente afincado en la cercana ciudad de San Francisco de Macorís, donde lucha contra esos demonios que suelen parecer siempre hijos inofensivos de la ficción. «Cuaderno de serpientes» es un buen ejemplo.

Un total de dieciocho relatos en los que Martín Paulino se levanta como narrador soberano, surcando los caminos con el sable del lenguaje que le permite crear, jugar, experimentar, acertar, equivocarse y hasta enmudecer cuando lo considera necesario. Pues aquí el lenguaje es la ley, y a partir de esa ley despierta una imaginación prodigiosa con ribetes caribeños y una singular factura antillana que por fortuna pretende ser universal. Al uso de un lenguaje adecuado que a veces orilla la poesía, Martín Paulino suma el divertimento de la técnica y un experimentalismo que, en este caso, más que matar la historia –como ocurre con el adjetivo impropio en la poesía (la idea es de Huidobro)–, le da más vida y un encanto rítmico que solo apreciarían las mentes creativas.

Para mí «Cuaderno de serpientes» es uno de los libros más singulares que he leído de narrativa dominicana contemporánea. En estas páginas se advierte una mezcla de vivencias y lecturas de obras fundamentales que dejaron huellas en un Martín Paulino que como el provinciano eterno Lucien de Rubempré que debemos al inquieto de Balzac, habría vivido ilusionado con un mejor porvenir literario. Pero ¿qué es un porvenir literario?

«Cuaderno de serpientes» es en sí mismo un porvenir literario del que Martín Paulino recibirá la buena impresión de lectores que se dejen seducir con estos cuentos en cuyas trazas de ambientación y diálogos observo ecos remotos del mundo «comaliano» de Juan Rulfo o del «macondiano» de Gabriel García Márquez. De hecho, en un solo cuento (Apostasía) percibo el eco colectivo no solo de Rulfo y García Márquez, sino también de maestros de estos, como William Faulkner y John Steinbeck. Y en cuanto a la experimentación, basada mayormente en la fragmentación de las historias contadas con sobrada fluidez desde distintas perspectivas o ángulos narrativos, o por medio de un peligroso juego de textualidad y puntos de vista, incluyendo la primera persona en masculino o femenino, la memoria de mis propias lecturas me llevó al mejor Guillermo Cabrera Infante y a lo más atrevido de la narrativa del primer estallido del boom latinoamericano (el Mario Vargas Llosa de «La ciudad y los perros», «Pantaleón y las visitadoras» y «La casa verde»; el Julio Cortázar de «Rayuela», «El libro de Manuel» o del cuento Continuidad de los parques; el Carlos Fuentes de «La muerte de Artemio Cruz», «La región más transparente», «Cambio de piel» o «Terra nostra»; y el tímido Gabriel García Márquez de lo más –o menos– experimental de «Cien años de soledad»). Jorge Luis Borges también jugó con el experimentalismo, la intertextualidad y la intratextualidad, y los puntos de vista. Si pasamos de Tierra Firme a las maravillosas costas de las Antillas Mayores nos encontramos en Puerto Rico con divertimentos de Luis Rafael Sánchez (La guaracha del Macho Camacho), Ana Lydia Vega (Encancaranublado y otros cuentos de naufragio) y Luis López Nieves (Seva); de Cuba ya mencioné a Guillermo Cabrera Infante como una de las principales voces del experimentalismo caribeño, mientras que en República Dominicana el juego de técnica y lenguaje que requiere de un lector cómplice se encuentra en narradores cercanos (Marcio Veloz Maggiolo, Aída Cartagena Portalatín) o ya miembros de la llamada Generación del 60 (René del Risco, Miguel Alfonseca, Efraim Castillo…), y sin lugar a dudas en casi toda la obra de Pedro Peix. Nótese que hablo con mucha prisa y solo de la narrativa de nuestro entorno, sin detenerme en los «estallidos mayores» que influyeron en unos que otros de esos autores desde Europa (Joyce, Proust, Kafka, Gorki, Dostoyevski, Tolstói, Gógol, Flaubert, Balzac, Wilde, Pasternak, Musil, Svevo, Moravia, Calvino…) y Estados Unidos (Faulkner, Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hemingway, Steinbeck, Miller, Barth, Capote, Mailer…).

Rebasado ese nubarrón de datos de memoria libresca, debo decir que no hay forma de leer «Cuaderno de serpientes» sin pensar en los mitos, las creencias populares, pues la serpiente es animal ancestral. Pero más que eso, la historia ha dado a la serpiente múltiples significados. Es decir, es más que una víbora con lengua viperina. En una formidable introducción-estudio que hace a la novela «Siete lunas siete serpientes» del ecuatoriano Demetrio Aguilera Malta, el ensayista Carlos E. Abad subraya que, por su forma, la serpiente «podría ser considerada como un símbolo fálico, es el primer animal que aparece en el Génesis. La palabra víbora (o su equivalente) aparece 27 veces en el Antiguo Testamento. Todos sabemos la importancia que según la Biblia tiene la víbora. Cuando Satanás lleva la tentación al Paraíso Terrenal, lo hace convertido en serpiente. Su nombre es símbolo o emblema del espíritu maligno y corruptor.»

En el libro de Martín Paulino la palabra «víbora», ya sea en singular o plural, aparece solo seis veces (3 en Asunción de la reina; 1 en Apostasía; 1 en Serpiente burocrática, y 1 en Ritual de la perversidad). De igual manera el vocablo «serpiente o serpientes» figura en 67 ocasiones (la mayoría [15] en La última velada); luego asoman 5 en La película ciega, 3 en Danza de la atarraya, 8 en la Asunción de la reina, 3 en Apostasía, 4 en Serpiente burocrática, 3 en El descenso de El Águila Negra, 1 en El ojo del Diablo, 2 en Ritual de la perversidad, 3 en Ritual de la abundancia, 1 en Kábala, 6 en El árbol sagrado, 4 en Hijos de la noche, 4 en Parábola del hombre sin retorno, y 5 en Gastronomía atípica. Asimismo, en los relatos Ágata, Manjar para culpables, y Memoria ancestral, no se menciona serpiente, aunque en unos 75 casos el autor recurre al vocablo «culebra» para referirse al réptil.

A un amigo entrañable de Pedro Henríquez Ureña, el pensador mexicano José Vasconcelos, como lo presenta Sergio Pitol en «Trilogía de la memoria», el dato que arroja el conteo de veces que se menciona «víbora» o «serpiente» le hubiera parecido «insignificantes quisquillas», porque para él no tenía sentido «preocuparse por semejantes minucias» ya que lo que le importaba era el pensamiento. Sin embargo, en el libro de Martín Paulino lo que parece menos significante podría resultar superlativo para comprender la propuesta de una obra que debe todo al milenario símbolo universal de la serpiente.

En realidad, hay mucha literatura llena de serpientes; grosso modo, la serpiente aparece desde la antigüedad en textos egipcios, sumerios, griegos, aztecas, babilónicos, chinos, barrocos; en el libro sagrado de los mayas (Popol-Vuh), en la épica india del «Mahábharata», en las fábulas de Esopo, en los microrrelatos sánscritos del «Panchatantra», en el documento de valor espiritual más importante para los judíos (La Torá), y por supuesto en la que consideramos nuestra Biblia. Ha llegado hasta el libro de Martín Paulino reptando por siglos al través del universo, cambiando de piel y de nombre, convertida en mito, en leyenda, en símbolo de pecado o figuraciones de lo maligno y diabólico, en emblema de la muerte y la vida, de la protección y la sabiduría; en compañía del águila o el dragón. En el Tarot y en prácticas esotéricas o creencias espirituales la serpiente se advierte como mensajera de traición, mala suerte y desconfianza, entre otras supersticiones que tampoco dejan de lado la cábala relacionada con el número 7, el fatídico 13 y el bíblico 666 que representa la Bestia.

En América, ¡la nuestra!, la serpiente cruzó por poemas de José Lezama Lima y José Martí; y por obras de Horario Quiroga (Anaconda, La serpiente de cascabel, A la deriva…), Rubén Darío (La muerte de Salomé…),  Ciro Alegría (La serpiente de oro), Demetrio Aguilera Malta (Siete lunas siete serpientes), Alejo Carpentier (Concierto barroco); sobrevive en títulos recientes del cubano Leonardo Padura (La cola de la serpiente), del mexicano Alberto Ruy Sánchez (Los sueños de la serpiente), del argentino César Aira (La serpiente), del colombiano William Ospina (La serpiente sin ojos). En el sentido político, la versión azteca de la víbora está presente en el escudo de México y como tal figura en una novela testimonial de Martín Luis Guzmán (El águila y la serpiente). Como vemos, la lista de referentes es sofocante «alrededor del cuello» –como el anillo constrictor de la serpiente de oro del cuento de Darío— y cuasi infinita.

En una próxima entrega diré qué hace a Martín Paulino un buen narrador y cuáles son los textos de «Cuaderno de serpientes» que a mi juicio permiten distinguirlo de los fabricantes de hojarasca que mantienen la literatura dominicana en cuidados intensivos desde hace más de cincuenta años.

Anuncios