Las serpientes de Martín Paulino (2)

Portada Serpientes© JOSÉ CARVAJAL

Al final de la entrega anterior anuncié que diría lo que hace a José Martín Paulino un buen narrador, y ahora me propongo explicarlo. Sin embargo, antes de entrar en la materia que despierta la curiosidad de lectores celosos y cautelosos, quiero aclarar que este magnífico autor de provincias no pertenece a círculos ni clanes políticos, y por lo que deduzco de su libro de cuentos «Cuaderno de serpientes», el único compromiso que percibo en Martín responde al código de la Literatura.

Voy a sujetarme por un momento del método de Sainte-Beuve para decir que Martín es un apasionado de los clásicos y de los no tan clásicos de las letras universales. En persona sorprende a ratos con ademanes de niño obediente y respetuoso de los espacios y de la vida ajena. Pero lo más extraordinario que veo en él es una memoria prodigiosa que le permite exhibir, sin proponérselo siquiera, el cúmulo de lecturas que sin duda son la base de lo que escribe y lo que autoriza a colocarlo entre los mejores narradores contemporáneos de República Dominicana, y sin temor a equivocarme yo diría que hasta del Caribe hispano y América Latina.

Pocos como Martín Paulino se arriesgan a recitar de memoria textos de autores tan disímiles y difíciles como Shakespeare, Homero, Rimbaud, Baudelaire, Montaigne, Borges, Pessoa, Unamuno, Papini, Nietzsche, Whitman, Darío… Incluso, a pesar de que se califica a sí mismo de ateo, el escritor caribeño recuerda con «puntos y comas» pasajes completos del libro bíblico Eclesiastés, además de un sinnúmero de proverbios de todas las épocas. Todo eso lo descubrí en conversaciones con Martín Paulino, un hombre, un padre de familia, que no alardea ni espera reconocimientos por una labor literaria que practica con alma de orfebre.

De modo que el «pedigrí cotidiano» de un autor como Martín Paulino no puede dar obra mediocre. Y si al final resulta que hay algo nimio en la misma, la culpa sería de los editores que confunden ese oficio tan delicado con el proceso de mandar imprimir un libro bajo el sello que los representa. Mucho de lo leído y memorizado por Martín Paulino permea hoy su prosa maravillosa que llega a nosotros envuelta en una inquietante búsqueda de la originalidad que hizo perenne a los clásicos de la literatura universal. Al parecer, aquéllos de los que conocemos un caudal de obras arrastradas por las corrientes de los siglos trataron todos los temas que pudiéramos imaginar. Sin embargo, la búsqueda constante de una originalidad que probablemente ya no existe como tal, nos acerca a la posibilidad de un producto singular. Y en esa última categoría entra «Cuaderno de serpientes».

Los dieciocho cuentos del libro son en sí mismos singulares. Cada uno representa un universo propio, pero a la vez ninguno puede separarse de la constelación ideada por el autor; del conjunto yo solo pondría bajo observación Serpiente burocrática, porque me parece una nota discordante en cuanto a tema y ambientación, aunque mantiene la factura experimental y los planos narrativos –la diégesis, dirían los académicos de pacotilla– que exhiben los demás. En resumen, aquí hay mundos pequeños que unidos conforman un territorio mayor y soberano. Hay fundación de espacios que resultan propicios al accionar de los personajes, tal como lo hicieron en su momento Faulkner (Condado de Yoknapatawpha), Gabriel García Márquez (Macondo), Juan Rulfo (Comala), Juan Carlos Onetti (Santa María), o el más joven y contemporáneo boliviano Edmundo Paz Soldán (Río Fugitivo). En Martín Paulino esos espacios surgen como referentes citadinos dentro de una atmósfera que sospechamos rural (Ciudad de los Metales, Ciudad Paralela, Ciudad de Ultratumba).

Establecida la geografía ficticia, lo que sigue es una ojeada rápida a la composición de las historias donde aparecen personajes que actúan en esos lugares imaginarios. La sustancia de la composición es el lenguaje que sirve para certificar la calidad de un escritor, en este caso un buen narrador. Precisamente esa característica la encontramos en los cuentos de Martín Paulino, y eso, más la intención literaria, lo distingue en un país donde se escribe sin estilo y donde la falta de talento evita que la mayoría dedique el tiempo necesario a madurar y trabajar el lenguaje, ya sea por desesperación o porque no conocen a fondo la materia prima con la que intentan crear sus obras.

No olvidemos que la literatura es lenguaje; está hecha de imágenes, símbolos, reflejos de pensamientos que surgen a veces de manera misteriosa y que deben comunicarse de forma efectiva (directa) y afectiva (sentimiento). En realidad, el lenguaje literario es una configuración del lenguaje cotidiano o lenguaje práctico. Un escritor se nutre del lenguaje cotidiano y lo transforma en lenguaje literario en el proceso de una creación artística que implica algo más que colocar palabras en contenido amorfo. En referencia al género del cuento ya lo dijo Quiroga: «El cuentista que “no dice algo”, que nos hace perder el tiempo, […] puede volverse a uno y otro lado buscando otra vocación. Ese hombre no ha nacido cuentista.»

Para fortuna de la literatura dominicana contemporánea, ese no es el caso de Martín Paulino. De hecho, para mí «Cuaderno de serpientes» dice mucho más de lo que yo mismo esperaba. Pero ¿qué es decir algo?  ¿Acaso no dice algo todo el que cuenta una historia? La diferencia está en lo que se narra (idea, imaginación, situación o anécdota) y en cómo se narra (intención, factura estética, técnica). Ejemplos de esto último pueden encontrarse en todos los cuentos de Martín, que como buen narrador se sirve de recursos poéticos –el símil, la metáfora, la hipérbole o la personificación– para describir una situación al tiempo que convierte en literatura de primer orden lo que en manos inexpertas sería expresión en bruto.

Ejemplo 1
En Ágata, el autor dice:  «…la joven descubre en los ojos de su padre el contenido de la conversación y el propósito de este.»

Un narrador insipiente se habría conformado con decir: «…la joven lo descubre todo en los ojos de su padre».

Ejemplo 2
Del cuento Danza de la atarraya:
«…se enteró de los orígenes del pueblo, cuando todo allí era un monte de inocencia casi edénica, hasta que llegó la civilización arrastrando su tráfago indetenible de corrupción y muerte…»

El narrador insipiente tal vez lo diría de esta manera: «…se enteró de los orígenes del pueblo, hasta que llegó la civilización.»

Ejemplo 3
De La última velada: «Un día en que mis bolsillos estaban en ayunas y la sed me quemaba el estómago…»

El narrador insipiente escribiría: «Un día en que yo estaba sin dinero y con mucha hambre.»

Es cierto que los ejemplos anteriores tomados al azar comunican las mismas ideas, pero el lenguaje literario empleado por Martín eleva el nivel estético y artístico del discurso depurado, agregando valor semántico sin poner en riesgo lo enunciado o la efectividad del mensaje. Quiroga calificó esos recursos de «trucs» del perfecto cuentista, enfatizando que «por extraño que parezca, el honesto público exige del cuento, como de una mujer hermosísima, algo más que su extrema desnudez. El arte íntimo del cuento debe valerse con ligeras hermosuras, pequeños encantos muy visibles, que el cuentista se preocupa de diseminar aquí y allá por su historia».

Entonces, ¡los cuentos de Martín están repletos de «trucs»! de principio a fin. Sería interesante que el lector atento juegue a encontrarlos. Aparte de los citados en los ejemplos, aquí les dejo otros del cuento Apostasía: «…esta casa en la que apenas caben nuestras inconformidades»; «a lo interno de la mujer crecía un volcán de reproches»; «la otra mujer no era más que una sombra flaca y negra que se alejaba»; «el río casi muerto, se negaba a obsequiar sus frutos». ¡Hay más! A ver, hojeo el libro «aquí y allá» y me encuentro con «trucs» en Serpiente burocrática: «Y ahí se me enfrió el corazón, como si me hubiese metido una daga de hielo en el pecho»; y también en Kábala: «la luz de una lámpara que agonizaba con la noche».

En un ensayo compuesto de diálogos filosóficos como los de Platón, Óscar Wilde se esconde detrás del nombre del sabio Gilbert para explicar que «describir con precisión lo que no sucedió nunca es, no solamente tarea del historiador, sino tambien un privilegio inalienable para cualquier hombre culto y con talento.» De modo que esa es la gran diferencia entre literatura (comunicación afectiva, con valores estéticos) y la composición de un documento científico o incluso la redacción de una burda crónica periodística (comunicación práctica y efectiva).

Otro aspecto que debemos recordar es que la buena literatura crea lectores por el hechizo de la composición bien estructurada, mientras que la mala, la defectuosa por torpeza e ignorancia, se conforma con seguidores mediocres que en términos numéricos representan el alcance del supuesto éxito comercial de una obra. Al buen escritor lo que menos le interesa es la venta de sus libros (¡se hicieron los editores inescrupulosos!). Un autor auténtico escribirá igual aun a sabiendas de que nadie lo leerá; vive hechizado con la idea de lograr lo que se propone y por eso el fracaso no existe para él, porque la razón de su escritura no es alcanzar el éxito, sino disfrutar el proceso de elaborar un texto que satisfaga la propia exigencia de lograr un mundo ideal con sus creaturas y para lectores capaces de entender el propósito de la obra.

Creo que los cuentos de «Cuaderno de serpientes» responden al corolario anterior. Todos merecen el aplauso, unos más que otros, por supuesto. Aparte de la variedad de estructuras y el divertimento de técnicas que buscan la originalidad que se escapa de las manos como agua cristalina, en estos pequeños mundos hay muchos temas para analizar: bestialismo, zoofilia, ninfomanía, superstición, hechicería, fantasmagoría, trastornos psicológicos, machismo, feminismo, infidelidad, traición, engaño o violencia tanto masculina como femenina. Los personajes de Martín respiran solos y a veces uno tiene la impresión de participar de sus inquietudes, aberraciones y locuras.

En una próxima entrega me ocuparé de la tipificación de los personajes de «Cuaderno de serpientes», de los (d)efectos temporales e influencias sociales que tal vez ponen en riesgo la posteridad de la obra, y de las técnicas empleadas por Martín Paulino.

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