Unamuno en la poesía dominicana

Unamuno
Miguel de Unamuno.

© JOSÉ CARVAJAL /

La osadía de un poeta dominicano puso en las manos del colosal miembro de la Generación del 98 de España, Miguel de Unamuno, y del influyente pensador uruguayo José Enrique Rodó, dos textos que fueron centro de una fuerte controversia tras un certamen que se celebró a principios del siglo XX en Santo Domingo.

Menciono ese hecho en mi libro inédito «Conceptos desechables sobre literatura dominicana», pero el registro primario es del investigador Vetilio Alfau Durán. Según el historiador, eso habría ocurrido en 1907 cuando el autor de un poema titulado «Noviembre» quedó insatisfecho con el veredicto del jurado de un concurso de poesía.

Alfau Durán lo cuenta así: «El jurado, integrado por don Eliseo Grullón y los licenciados Enrique Henríquez y Manuel A. Machado, no consideró justo otorgar el primer premio a ninguna de las poesías y acordó dos Segundos Premios, respectivamente, a los autores de “El pabellón cruzado” y de “Virginia”, que resultaron ser de los poetas Max Henríquez Ureña (que residía entonces en Guadalajara, México) y Valentín Giró […] y “obedeciendo a las exigencias de un juicio severo, si bien imparcial –dice el Veredicto– ha omitido consagrar premios a ciertas composiciones…”»

Entre las «composiciones» presentadas al concurso quedó eliminado el mencionado poema “Noviembre” de José María Bernard.

El asunto es que en medio de la controversia, en la que también se opusieron al veredicto importantes poetas dominicanos de la época, como el respetado Gaston F. Deligne, Bernard decidió buscar opiniones extranjeras y más autorizadas que las del jurado del certamen; y de acuerdo con el registro de Alfau Durán «envió copias de “Noviembre” y de “Virginia” sin firmas de sus respectivos autores, como si las dos fueran suyas, a prominentes hombres de letras hispanoamericanos pidiéndoles su parecer. El renombrado rector de la Universidad de Salamanca don Miguel de Unamuno, le contestó.»

Recordemos que Unamuno es uno de los pilares de la Generación del 98 en España y de la literatura universal del siglo XX. Alfau Durán transcribe la contestación de Unamuno a Bernard:

«Pocas veces, mi estimado señor, coincide la apreciación comparativa del propio autor con la de un extraño. No es lo que preferimos los autores, de entre lo nuestro, lo que el público prefiere. Yo, en el caso que me somete, voto por la composición “Noviembre”. Ella marca una tendencia poética más natural y reflexiva a la vez que el de la intitulada “Virginia”. Esta me suena a eco de lecturas, me parece como de escuela literaria.»

Rodo
José Enrique Rodó.

Otro de los «prominentes hombres de letras hispanoamericanos» a los que Bernard habría enviado ambos poemas fue al uruguayo José Enrique Rodó, el célebre autor del famoso ensayo «Ariel», cuya respuesta coincidió con la de Unamuno:

«En contestación a su atenta consulta cúmpleme manifestarle que, de las dos composiciones de que Ud. me remite copia, considero preferible la que lleva el título de “Noviembre”.»

Hay otra correspondencia en la que Unamuno habría expresado molestia al enterarse – por medio de un mensaje de Giró– que Bernard no era el autor de los dos poemas. Cito la respuesta de Unamuno a Giró, transcrita por Alfau Durán en su extenso trabajo publicado en 1967 en la desaparecida revista ¡Ahora!:

«Ahora me entero que no eran del Sr. Bernard las dos composiciones; y esa añagaza de valerse de una mentira pueril para arrancarme un juicio en competencias que creo funestas e inútiles, me parece una cosa poco seria y censurable. Dejándole ver mis condescendencias para con los jóvenes, le contesté lo que creía sobre el valor relativo de una u otra composición sin que eso presuponga nada sobre el valor absoluto de ellas… Yo creo que usted no debe hacerse caso de fallos de jurados de Juegos Florales ni de pareceres arrancados con añagazas infantiles a personas condescendientes, sino, si se cree con vocación de poeta, seguir escribiendo y sobre todo estudiando. Porque el mal de esas tierras es la precocidad.»

Las notas de Alfau Durán aseguran que las cartas fueron publicadas en las páginas del Listín Diario, en 1907 y 1908, pero mi intento de rastreo de las mismas culminó, al menos por ahora, en infructuosas diligencias en la colección del propio Listín Diario, el Archivo General de la Nación y las hemerotecas de la Biblioteca Nacional, la Biblioteca del Banco Central y la del Ateneo Amante de la Luz, esta última en Santiago de los Caballeros, en el centro del país. En ninguno de esos lugares aparecen actualmente ejemplares del Listín Diario de los años en cuestión.  Sin embargo, el pedigrí de Vetilio Alfau Durán me hace confiar en la validez de los datos, porque además de reconocido historiador e investigador acucioso y docto en la corrección y precisión historiográficas, Alfau Durán fue director del Archivo General de la Nación.

Existen otras dos situaciones que me hacen confiar en Alfau Durán. La primera es la sospecha de parentesco lejano entre él y uno de los fundadores del Listín Diario en 1889, Arturo Joaquín Pellerano Alfau. La busca del posible parentesco entre uno y otro me llevó a solicitar la colaboración indagatoria de algunos amigos, y de acuerdo con el informe que de tan oportuna diligencia me rindiera el poeta Tomás Castro Burdiez, Vetilio Alfau hijo le aseguró que su padre Alfau Durán «no tuvo gran amistad con el fundador del Listín, porque había notable diferencia de edad entre ambos, pero sí fue muy amigo del hijo de Pellerano.» Asimismo –continúa el informe de Castro Burdiez–, dice Alfau hijo que «todos los Alfau [de Rep. Dom.] son familia, pero que no recuerda cuál era el parentesco entre su padre y Pellerano, fundador del Listín.» Arturo Joaquín Pellerano Alfau vivió de 1864 a 1935; y Vetilio Alfau Durán de 1909 a 1985.

Parientes o no, las circunstancias que rodean el relato de Alfau Durán sobre las cartas de Unamuno y Rodó son hasta ahora suficientes para establecer veracidad historiográfica. Eso quiere decir que aunque las correspondencias no aparecen en hemerotecas públicas, tal vez el historiador tuvo acceso a ellas de manera privilegiada, como sería la de hurgar en archivos que desaparecieron por razones inexplicables, o en bibliotecas privadas y documentos de familia.

El segundo hecho para no poner en duda la carta de Unamuno se origina muchos años después en España. El autor del ensayo filosófico «Del sentimiento trágico de la vida» y las celebradas novelas «Niebla» y «Abel Sánchez», entre otras obras de igual o mayor envergadura, no parecía ajeno a la República Dominicana. Su nombre figura entre los firmantes de un grupo de intelectuales también reconocidos en Hispanoamérica –como Azorín, Jacinto Benavente y Francisco Villaespesa– y de políticos españoles que pidieron públicamente a Estados Unidos no exigir condiciones para poner fin a la intervención norteamericana que inició en 1916 y se extendió hasta 1924. Cito el comunicado publicado el 15 de febrero de 1921 en el diario El Liberal, de Madrid:

«Los intelectuales españoles se dirigen a Wilson

»El gobierno yanki anuncia oficialmente su propósito de restituir su soberanía a la República Dominicana; pero a juzgar por diversas protestas de aquel país, esa restitución es condicional. A auxiliar espiritualmente las justas aspiraciones dominicanas tiende el importante despacho siguiente telegrafiado hoy y que puede considerarse como el voto de la España intelectual:

«Presidente Wilson
»Casa Blanca
»Wáshington

»Obedeciendo a sentimientos generosos, entre los cuales figuran los de admiración y de respeto que nos inspiran los Estados Unidos y su ilustre Presidente, tenemos el honor de invocar respetuosamente sus nobles ideas en favor del pueblo de la República Dominicana en los momentos en que se trata de reintegrarlo en sus derechos a la propia y libre determinación. El preclaro nombre de vuecencia y el de los Estados Unidos tendrían con el triunfo de esas ideas en el caso dominicano un nuevo título de admiración y respeto de la Humanidad.»

Españoles por RD

Los firmantes son: «S. y F. Alvarez Quintero, Azorín, Jacinto Benavente, Mariano Benlliure, Francisco Cambó, Conde de Romanones, Pedro Corominas, Concha Espina, Ángel Guimerá, Ricardo León, Eduardo Marquina, G. Martínez Sierra, Armando Palacio Valdés, Adolfo Posada, Puig y Cadafalch, Blanca de los Ríos, Roca y Roca, Rubió y Lluch, Santiago Rusiñol, Joaquín Sánchez de Toca, Miguel de Unamuno, Francisco Villaespesa, Rafael Vehils.»

En realidad, Unamuno no parecía desatender asuntos relacionados con Hispanoamérica; tanto así, que su igualmente célebre contemporáneo Pío Baroja lo acusaba de tener «adulaciones interesadas» con autores de este lado del Atlántico.

A continuación reproduzco los dos poemas leídos por Unamuno, y Rodó:

VIRGINIA
Por Valentín Giró

¡Se murió Natalia! Virgen que tenía
en los ojos muchos sueños y delirios,
y en sus tristes labios todos los martirios
de la cruel anemia que la consumía.

En su blanco lecho su cara fulgía
como nívea estrella sobre un mar de lirios,
mientras que en la alcoba los trémulos cirios
llovían miradas de melancolía.

Al Vésper, en andas, en hombros de amigos
iba lentamente para el campo santo.

Después, cuando todos a casa volvían
mudos, pensativos, como rubios trigos,
vieron que en el cielo, radiosas de encanto
todas las estrellas reían… reían…


NOVIEMBRE

Por José Ma. Bernard

¡Por todas partes quejumbroso acento!
Algo así como llanto,
como tristeza en todo.
Sobre la tierra, un viento frío, y sobre
el alma, un abrumador de penas.

Se amortiguan las flores en el huerto,
se despejan los rostros de alegría.
Y cada nota que del templo sale
doblando a muerte, entre sus jiros lleva
algo que dice al corazón: solloza,
algo que dice al corazón: suspira.

Es que llegaron los dolientes días!
Los de Noviembre triste!
El ánimo suspenso
ante el rigor de pesadumbre tanta,
si no a sufrir a meditar se entrega.

Tal vez sobre la tumba
de uno que siempre en vanidad y en ira
el hosco pecho inflado,
pasó sobre la tierra bullicioso
como enjambre de abejas por un prado,
sin ser ni buen amigo,
ni del honor, soldado.

O bien ante los restos
de valeroso prócer
que libertad y patria dio a su pueblo,
pero que yace en tierra
sin lápida, sin flor, sin cruz apenas.

¡En todo se medita y piensa! Y todo
honda impresión nos deja! Hasta la lluvia
que de la parda nube sobre el orbe
menudamente cae,
en este mes de las difuntas almas.

Por cierto, en uno de sus ensayos el académico Mariano Lebrón Saviñón, fallecido en 2014, identificó a Valentín Giró como pionero del modernismo en la literatura dominicana.