Pedro Henríquez Ureña se defiende

PHU en podio
Pedro Henríquez Ureña.

© JOSÉ CARVAJAL /

El anuncio de que me encontraba preparando notas para escribir este artículo sobre la reacción de Pedro Henríquez Ureña a la crítica de uno de sus trabajos, en una revista de Europa, sorprendió a varios lectores y estudiosos de la obra del humanista dominicano. Y no es para menos, porque la imagen que se tiene del hijo de la excepcional poeta Salomé Ureña es la de una persona parsimoniosa, incapaz de pegar un grito, ni siquiera para defenderse de un peligro inminente. Borges lo consideraba «tímido» y un hombre «que sabía muchísimo».

Sin embargo, un periodista y escritor de dudosa nacionalidad, nacido en Buenos Aires y naturalizado probablemente francés, y que firmaba con el nombre de Charles Lesca, y a veces Charles Lescat, parece haber provocado una de las muy pocas ocasiones –yo hubiera preferido asegurar que la única, pero eso sería arriesgarme al error– en que Pedro Henríquez Ureña respondió a observaciones hechas a cualquier texto suyo.

Cito primero a Lesca: «Me reprocha el Sr. Henríquez Ureña de haber interpretado inexactamente su pensamiento, cuando escribí que proclamaba la decadencia de la literatura de viajes. Espero reconocerá mi distinguido compañero mejicano [un error de Lesca llamar mejicano a PHU], que bien tenía el derecho de escribirlo tratándose de un artículo titulado: “La decadencia de la literatura descriptiva”, y en que leo esta frase: “se recibe la impresión que todo ha sido descrito, y después del largo apogeo que en la literatura moderna alcanzó la descripción, ha sobrevenido una decadencia del género”. Pero admitamos que haya mal comprendido el texto, y que el Sr. Ureña, hablando de literatura descriptiva, haya puesto á un lado la literatura de viajes, que es, sin embargo, eminentemente descriptiva. Creo yo que en nuestra época, el gran maestro en la literatura de viajes es Fierre Loti. Pues bien, este autor ha escrito libros enteros sin la menor intriga novelesca, libros cuyo interés reside únicamente en el arte de las descripciones, descripciones lentas y minuciosas que no desdeñan ningún detalle.

[…]
»En cuanto á lo que concierne al sentimiento de la naturaleza en los antiguos y los modernos, me excusará el distinguido escritor mejicano [Lesca vuelve a equivocarse con la nacionalidad de PHU] si he sido demasiado afirmativo, diciendo, que veía él, en la querella de los antiguos y modernos, el origen de la idea que los antiguos desconocían, el sentimiento de la naturaleza, pues simplemente lo supuso posible. Pero creo yo que ni puede suponerlo posible, pues en el siglo XVII no podían preocuparse los autores franceses que tomaron parte en la famosa querella, con la cuestión del sentimiento de la naturaleza, que ignoraban por completo.

»Ahora bien: ¿tenían los antiguos el sentimiento de la naturaleza? Me parece que el problema es bastante complexo [sic]. No cabe duda que Homero y Virgilio han tenido el genio descriptivo. Negarlo corresponde á negar la evidencia. Pero, aunque sea francés (no se equivoca el Sr. Henríquez Ureña) no estoy tan seguro que los antiguos hayan tenido lo que llamamos hoy día el sentimiento de la naturaleza. Creo yo que un escritor puede poseer el genio descriptivo, sin tener el sentimiento de la naturaleza, y a mi parecer, es el caso para los antiguos. En las epopeyas, que son los libros de viajes de la antigüedad, se encuentran descripciones maravillosas que no corresponden á la realidad. Homero y Virgilio no han visto todos los países que recorren sus héroes y, sin embargo, los describen. Hoy día no se admitirían esos procedimientos. Los escritores modernos se cuidan mucho de lo que llamamos en “couleur locale”, que consiste en describir paisajes y gentes, observando escrupulosamente la verdad. Eso es, creo yo, lo que constituye el sentimiento de la naturaleza, y eso sí es una invención moderna de los románticos.»

Charles Lesca
Charles Lesca.

Quizá sea importante destacar aquí que al momento de la controversia, en agosto de 1912, Lesca y Pedro Henríquez Ureña tenían 25 y 28 años, respectivamente. Es decir, el humanista era un poco mayor que el inquieto periodista de armas tomar y cuya vida no sería del todo ejemplar dado el historial de político, militar y colaborador del nazismo en la ocupación de Alemania en Francia durante la Segunda Guerra Mundial. El Tribunal de Justicia de París lo procesó como criminal de guerra y lo condenó a muerte en 1947, pero falleció un año después en Buenos Aires donde habría llegado prófugo. Esos datos extraliterarios figuran por todas partes y pudieran ser relevantes para entender la mentalidad del personaje que cuestionó a Pedro Henríquez Ureña, que no podía escapar a su propia condición de «ciertamente judío», como lo recordaba Borges.

El «reproche» de PHU al que aludió Lesca como el que se anota una victoria en un campo de batalla, es el siguiente:

«Distinguido compañero:

»He leído con mucho interés las observaciones que hace usted […] sobre mi artículo “La decadencia de la literatura descriptiva”, y le dirijo estas líneas para decirle, que no creo haber incurrido en los dos errores que usted me atribuye.

»El primero consiste en proclamar la decadencia de la literatura de viajes, con su derivación, la novela de vida exótica. Yo no llegué á tanto, ni tanto creo. Hablé de la decadencia de la descripción, en su forma demasiado objetiva y extensa, é indiqué la transformación que se advierte en el arte de describir, dos puntos en que usted (según me complazco en notar) aprueba mis ideas. En cuanto á la literatura de viajes, me limité á observar cómo su apogeo había contribuido á aumentar el número de páginas descriptivas; pero no me atreví á afirmar que esa literatura hubiese decaído también. Antes al contrario, en otro artículo mío sobre “El exotismo” digo, que éste ha dejado como sedimento definitivo un interés permanente, aunque de intensidad variable, por toda revelación de vidas y mundos diversos…

»El segundo punto de controversia es la cuestión del sentimiento de la naturaleza en los antiguos y los modernos. Yo no aseguré que, en la querella de los antiguos y modernos, se hubiera negado el sentimiento de la naturaleza á los antiguos; simplemente, lo supuse posible. En la querella fué donde, por primera vez, se censuró abiertamente á los clásicos de la antigüedad. Quienes hoy los atacan, son descendientes de Perrault.

»Pero –quizás diga usted– ¿quiénes atacan á los clásicos, como no sea uno que otro individuo ó grupo extravagante, acaso futurista? ¿quién sueña en negar el genio descriptivo de Homero ó de Virgilio? ¿no es inútil alegato el que se haga en favor de ellos? Usted, Sr. Lesca, vive en Francia; si no me equivoco, es usted francés; y en el mundo intelectual en que usted se mueve, de seguro no se tropieza á diario con las ideas absurdas que en América corren como válidas entre gente de letras. En Europa no es necesario demostrar las excelencias de la antigüedad clásica; pero en América, no sólo los principiantes, sino hasta hombres que pasan por maestros, suelen blasfemar contra Grecia. Comprendería usted por qué pude creer útil decir algo, en elogio del genio descriptivo de los griegos y los romanos, si supiera que, en la Academia Mejicana de la Lengua, se ha declarado que la antigüedad no tuvo el sentimiento de la naturaleza, ni supo describirla. Y ya imaginará usted que me limito á citar un ejemplo conspicuo.»

Imagino que si luego se enteró de la vida fascista que definió a Lesca, Pedro Henríquez Ureña se habrá arrepentido de haberle llamado «compañero» en la introdución de la carta. Aun así, me parece que a pesar de las generalizaciones –muy común en el apasionado defensor de ideas propias–, tanto Pedro Henríquez Ureña como su «atacante» Charles Lesca tenían razón. A este último lo salva la interpretación, que siempre es subjetiva, de una insinuación que nunca llega a ser afirmación; y a PHU el uso de un arriesgado lenguaje de tanteo, con frases que, aunque dan la impresión de seguridad, se deslizan con cuidado para no caer de bruces, como son «se recibe la impresión» y «suponer posible».

Del mencionado autor del clásico infantil «Caperucita Roja», Charles Perrault, y de la consabida «querella de los antiguos y modernos» que avivó a finales del siglo XVII, al dar a conocer su famoso poema «El siglo de Luis el Grande», quedan documentos, debates, y frases lapidarias que surgen siempre en esos tiempos presentes que tratan de superar el pasado. Perrault, por ejemplo, reconocía la importancia de los Antiguos, pero sin doblegarse a la grandeza de estos. «Es cierto que son grandes —dijo—, pero hombres como nosotros.»

Pedro Henríquez Ureña habría sido todo lo contrario. Vivió venerando a los Antiguos, los clásicos griegos, a tal grado que entre sus contertulios se ganó el apodo de «Sócrates». Eso explica quizá su notable pasión al observar que «…en el género descriptivo los modernos se creyeron inventores». Así lo dice en el artículo que defendió de su verdugo Lesca. Y agrega: «Corre todavía por ahí, entre escritores carentes de cultura humanística, la idea de que los clásicos antiguos no tuvieron “el sentimiento de la naturaleza”. Esta idea, que no recuerdo si surgió en la muy francesa y muy absurda “querella de los antiguos y los modernos”, sólo demuestra adónde puede llegar el hábito académico de leer las producciones literarias, no con nuestros ojos limpios y libres, sino mediante los espejuelos negros de las recetas.»

A esas palabras de Pedro Henríquez Ureña solo agregaré una conclusión que tomo prestada a Alexander von Humboldt, de su voluminoso ensayo «Cosmos: Descripción física del mundo», publicado por primera vez en castellano en 1875: «Háse repetido con frecuencia que el sentimiento de la Naturaleza, sin ser estraño [sic] á los pueblos antiguos, se ha espresado [sic] no obstante con menos energía en la antigüedad que en los tiempos modernos. […] Por verdadero que sea en cierto modo este juicio, no debe hacerse estensivo [sic] á toda la antigüedad. Se forma por otra parte idea incompleta de las cosas, comprendiendo únicamente bajo el nombre de antigüedad y por oposición á los tiempos modernos, el mundo griego y el mundo romano. Profundo sentimiento de la Naturaleza se revela en las más antiguas poesías de los hebreos y de los indios, es decir, en razas muy diferentes, como lo son las semíticas y las indo-germánicas. Solo podemos juzgar de la sensibilidad de los antiguos pueblos respecto á la Naturaleza, por los pasajes de su literatura en que está espresado [sic] aquel sentimiento.»