Expediente poético de Daniel Beltré

Daniel Beltre
Daniel Beltré López

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© JOSÉ CARVAJAL /

Creo que a estas alturas nadie ha podido explicar por qué se lee un determinado libro de poesía. Ni siquiera sabemos ciertamente por qué ni para qué se escribe la poesía. Es uno de los grandes misterios de la humanidad; uno de los grandes aciertos, y uno de los grandes fracasos del alma, que prefiere el silencio al estallido de los aplausos; porque el silencio es firme y eterno, y el aplauso alimento de los débiles y efímero. De modo que la publicación de un libro de poesía es desnudar el alma contra su propia naturaleza, profanar el significado del ser absoluto y confesarse al aire libre. En otras palabras, el poeta es un quebrantado indiscreto que deja vacía el alma y que atenta contra sí mismo.

«No es un soplo la vida» es el expediente personal del poeta y abogado dominicano Daniel Beltré López. Abre con una «Presentación» que considero innecesaria y por demás floja pese a la máscara de erudición calzada con la firma de Ramón Constanza; y un «Prólogo» escrito por el propio autor y que me parece más sincero que la malograda presentación. Luego se encuentran 112 poemas divididos en cuatro partes; la primera contiene un texto solamente, y la última otro brevísimo que además de titularse «Colofón», funciona de tal manera, por el tono para los fines. Grosso modo ese es el contenido del libro de Beltré López.

En realidad es un bien libro de poesía, aunque pienso que como poemario carece de intención. Esto último habría exigido una mayor depuración y rigor en el ordenamiento de la obra. La falta de esa característica, que la mayoría de los poetas pasa por alto, hace de «No es un soplo la vida» una recopilación de textos individuales que fueron acumulándose con el tiempo y que ahora el autor decidió reunirlos sin pensar que en su conjunto surgen defectos que pondrían en juego la efectividad del producto. Son poemas de la experiencia, del reposo, del desahogo sentimental, de la esperanza, y de la sabiduría que solo es posible adquirir con los años. Poemas de un hombre maduro, con la edad suficiente para observar el mundo y reflexionar acerca de este, hasta convertirse en filósofo empírico de lo que vivió, de lo que vive y de lo que le ilusiona.

Rainer Maria Rilke lo observa en «Los cuadernos de Malte Laurids Brigge», la única novela que se le atribuye al clásico universal. Allí dice que «¡los versos significan tan poco cuando se han escrito joven!», y que «se debería esperar y saquear toda una vida, a ser posible una larga vida; y después, por fin, más tarde, quizás se sabrían escribir las diez líneas que serían buenas. Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen siempre demasiado pronto), son experiencias.»

En el caso de Beltré López, él mismo lo anuncia en la introducción y la despedida de su prólogo: «Este canto es un manifiesto acto de vida. Un testimonio de que también somos los otros; de que la existencia rueda sobre el alma de las cosas. […] Este canto compendia mis amores, arrepentimientos, los misterios del ser, la vida de las pequeñas cosas, la soledad, el dominio de las flores, la magia abracadabrante del beso…»

Por supuesto, un libro de factura tan íntima como «No es un soplo la vida» no queda exento de lugares comunes, esas frases manidas que rechinan a los ojos del estudioso de la poesía («He venido a declararte mi amor», «mi destino es mirarte», «confines del olvido», «de lo mucho que te quiero», ­«era muy grande el olvido», «poblar soledades», «te llamo, y no respondes», etc.). Sin embargo, en cierto sentido algunas de esas mismas frases son puentes que propician una conexión especial a los oídos de lectores no especializados, que son mayoría y probablemente los más importantes para Beltré López. A ninguno de esos lectores le importaría por ejemplo que en los poemas haya demasiados «besos» (la palabra «beso» figura más de 40 veces en el libro, ya sea verbo o sustantivo), ni que el autor se pase de cursi ni que exhiba una sensiblería que delata la debilidad de un alma que cabalga solitaria hacia un horizonte desconocido que puede ser la muerte.

No es un soplo la vidaPor otro lado, las estructuras de los versos de Beltré López son las de un respiro rítmico, las de un impulso que en ocasiones no permite interrupciones antes de que se exprese la idea completa aunque esta rompa los moldes silábicos o de la métrica que no siempre es camisa de fuerza; por eso en estas composiciones abunda el verso libérrimo demasiado largo. No parecen estructuras conscientes, sino producto de la intuición, por no decir de la inspiración, esa fuerza misteriosa que domina al poeta hasta obligarlo a elaborar el poema. Quizá el autor sea tan poéticamente virgen como serían sus lectores; el primero responde a un impulso inconsciente de lo que debe escribir y el segundo a un reflejo de aquel impulso ajeno que lo seduce de manera inexplicable al encontrarse con el texto. Aun así, aquí la fluidez del lenguaje es una virtud: hay metáforas bien construidas, nada forzadas ni arbitrarias; la imaginación luce prodigiosa, las ideas proyectan claridad, las emociones del amante se desnudan, los consejos del padre afloran con sabiduría, los recuerdos se desempolvan, el tiempo transcurre no para arruinar la vida sino para colocarla en el espacio justo de la edad. Esto último es evidente en el poema «Daniel» que el padre dirige a su hijo. Cito de la página 74:

[…]
Yo estaré ahí.
Es cierto que no vienen conmigo dones celestiales,
pero te abrazaré en la hora de todo juicio,
llevando la fe como armadura,
y si alguna fiera escapare al conjuro,
dejando libres sus hambrientas fauces,
le lanzaré mi corazón para saciar su ira;
y si el fuego se avivare amenazante,
lo aplacaré con los humedales de mi piel,
hasta que se haga el misterio que anuncia el auxilio.

La naturaleza es también recurso importante en este libro de Beltré López. Cito del poema «Dalia», en la página 77:

Para ti las alamedas,
la suma de las lilas y las flores,
el verde sosegado de los bosques,
la lluvia viajera de las tardes,
la fiesta de los espejos de la noche,
los quejidos del cielo,
las hamacas marinas,
los campanarios habladores,
el ritmo que ablanda las mañanas entre danzas de fugados arcoíris;
las ventiscas que santifican los rostros perdidos en el agujero de la espera,
las aguas mensajeras de los dioses.
Para ti la vida, los cerezos,
la vigilia del almendro, el sol, los carpinteros,
tropeles de luciérnagas dibujando caminos…

A ese ritmo se desplazan los ojos del lector seducido por unos versos donde aparecen duendes, magos, hadas, legiones de ángeles, Dios, fantasmas, dones celestiales. Transcribo el poema «Un único latido», en la página 75:

Dios tocó a la puerta una mañana tras fugarse por los trillos del ocio y las flores,
burlando las plegarias cotidianas,
la vigilia del sol y los cristales,
renunciando a la ubicuidad y a sus barbas para hacerse visible entre los vivos.

Entonces estuvo aquí, entre nosotros, sólo entre nosotros,
para redimirnos del pecado de la espera.
Vino con su alforja apretujada destilando colores, néctares,
y allí estabas tú con tus alas de abeja laboriosa
y dos lunas enormes en la cara,
requisando cada hebra de vida.
Luego hemos sido un único latido,
un amor que perfora el infinito,
una fe rayando el universo,
una esperanza que remonta lo indecible
mientras creces refugiada en la dulzura del silencio.
Ahora mis manos no podrán arroparte como en los orígenes,
guiar tus crayolas por rumbos encantados,
pero siguen siendo tuyas, más allá de siempre;
si no, qué importa,
Dios aún no se marcha: a diario lo sorprendo vigilándote.

El tiempo y el espacio me obligan a dejar la conclusión para una segunda y última entrega en la que diré cuáles y cuántos poemas yo habría eliminado del libro. También, el porqué de entre los 112 textos de «No es un soplo la vida» hay uno, solo uno, que me despertó profunda curiosidad por un elemento clásico que creo casi inexplorado en la poesía dominicana.