Expediente poético de Daniel Beltré

Beltre y Leonel–2 de 2–

© JOSÉ CARVAJAL /

La promesa de esta segunda y última entrega podría llevar a pensar en un exceso de atención a un poeta «primerizo» en el que no destaca otra intención que no sea la de expresarse en verso, ya sea en voz baja o en alta. En ese sentido, «No es un soplo la vida» del también abogado y dirigente político oficialista de alto rango Daniel Beltré López es un irrefutable acierto de la intimidad y del ejercicio de reflexión de un hombre de edad madura, además de lograr el cometido de conquistar esos lectores entusiastas que tienden a ser la mayoría.

Resulta interesante que entre la primera entrega y esta segunda y última surgieran comentarios como el del poeta y crítico Abil Peralta Agüero, para quien Beltré López es un «poeta fuera del espectáculo» y de «altos niveles de lirismo y poética del intimismo y verdad interior revelada». Por cierto, Peralta Agüero asegura haber depositado este libro «como material de lectura ante la UNESCO en París, y en la Embajada de la República Dominicana en Lisboa, Portugal, y Madrid». Y ahí va la cosa; nunca sabemos el destino de un libro.

Otro comentario es del productor y conductor de programas de televisión Cheyenne Espinosa: «Me encanta el lirismo y la musicalidad que Daniel impregnó en cada poesía.» Son reacciones estupendas para una ópera prima, incluyendo la del poeta y periodista argentino Alberto Pipino, que me dijo en un mensaje personalizado, enviado desde Nueva York, que «no desearía leer una prometida segunda parte [de este trabajo] donde dirías qué poemas no hubieras puesto. Eso sería como rehacer el libro del poeta, como esos críticos de películas que dicen cómo ellos la habrían realizado.»

Estoy seguro que Pipino leerá la segunda parte, aunque no le interese. Y lo de mencionar los poemas que yo no hubiera incluido en el libro de Beltré López va más allá del gusto literario. Son poemas que me resultan inacabados, apresurados, faltos de pulimento o que a mi juicio no alcanzaron la dignidad de la poesía. Ejemplos podrían ser Eclipse, en la página 68; Unus, en pág. 94; Onirismo, en pág. 95; Aparición, en pág. 100; Psiques, en pág. 101; Entre dos, en pág. 102; Rescate, en pág. 105; Te voy a echar de menos, en pág. 106; Dolere, en pág. 107; Ruego, en pág. 108; Milagro, en pág. 109; Gloria, en pág. 110; Travesía, en pág. 111; A tu vera, en pág. 114; Pleamar, en pág. 116; Haberes, en pág. 117; Ascensión de la verdad, en pág. 141; Carta a los ególatras, en pág. 142; Volver, en pág. 143; Misterio, en pág. 144; ¿Qué culpa tengo yo de amarte tanto?, en pág. 182; y Cráter, en pág. 183. También me parecen sobrantes las cuatro últimas líneas del poema End, en la pág. 139; y las dos finales de Último limbo, en la pág. 140. Hay más ejemplos, pero el espacio apremia.

No es un soploAhora vamos a mi segunda promesa. Se trata de un elemento clásico que noté en «No es un soplo la vida» y que me despertó profunda curiosidad por considerarlo casi inexplorado en la poesía dominicana contemporánea. Me refiero a la epístola o carta en versos, donde sin duda siempre asoman las sombras de Homero, Ovidio, Garcilaso de la Vega y otros clásicos de la antigüedad, pero sin las normas métricas de entonces (hexámetro, dístico elegíaco, etc.). Las de Ovidio son famosas por la temática amorosa, mientras que las de Homero apuntan principalmente al asunto de la moral y la de Garcilaso a la expresión de afecto en el sentido de la amistad. A mí sin embargo solo me interesa el estilo epistolar que a pesar de la consabida distancia conecta el libro de Beltré López con ese género del Renacimiento y con otros muy pocos poetas dominicanos que han jugado a lo mismo de manera espontánea y con timidez. Llama la atención que la mayoría de las veces estos últimos califican de carta a composiciones que no lo son, es decir, que no se someten al tradicional formato del saludo y la despedida sino a la emisión de un mensaje que aunque dirigido a una persona específica, ya sea real o imaginaria, bien puede ser visto como un monólogo para ser declamado. Eso ocurre con algunos textos de Manuel del Cabral (Carta a mi padre, Carta a compadre Mon, Carta para un fósforo no usado, Carta a Rubén [Darío], Pequeña carta a una rosa) y Luis Manuel Ledesma (Carta a mamá en blanco y negro [desde el penal]). Tomás Castro Burdiez se acerca un poco más al formato tradicional con Carta a Alicia, que figura en su exitoso poemario «Amor a quemarropa»; y Carta de amor a Duarte, que se encuentra en su libro «Duarte vital».

El tema amerita la mención del osado versificador Eugenio Fortunato cuyo libro «Rimas y picardías» empieza con toda una sección de cartas en versos que siguen todas el referido formato tradicional del saludo y la despedida. La pretensión de Fortunato no es la dignidad poética sino la de entretener con temas jocosos y satíricos que pese a los versos rimados carecen de un uso consicente de la métrica. Así aparecen Cartas al baño, Carta a mi viejo carro, Carta a una carta sentimental, Carta a un amigo, Carta de un amigo, Carta a un amante, Carta de un amante, Carta a Santa Claus, Carta de Santa Claus, Carta a los amigos, Carta al Sol, Carta a mis recuerdos, y Carta a Nina.

El poema de Beltré López al que hago referencia en lo prometido es «La presente de esta es para saludarte», en la página 47. La destinataria es una mujer de nombre Iria y el mensaje se ancla en la memoria del remitente que después de una introducción directa entra en las profundidades de un lirismo íntimo que naufraga en la fluidez de un lenguaje en el que flotan las imágenes (no los recuerdos) que adornan un mar de confesiones y oleadas de erotismo, resignación y esperanza. Es una composición dividida en once partes, de las cuales cito la primera y la novena:

–I–
Iría,
aquí están las fórmulas inviolables del principio,
las que armaron tu angustia de iletrada enamorada:
«La presente de esta es para saludarte y saber cómo te encuentras;
pues yo bien a Dios gracias».
Estas fueron las solemnidades que volaron las cerraduras de tu pecho,
dando paso a manadas de caballos espectrales,
a unicornios de fuego de sexo al derramarse tu lengua divina.

[…]

–IX–
Un día la casa quedó sola;
el dueño hizo látigo de sus razones;
no importaron mis públicas obligaciones con un abecedario prepagado.
Regresé con las disculpas en los bolsillos sin encontrarte.
Desde entonces te sueño abandonada e intranquila.
Por eso, quiero «sirva esta para decirte»
que jamás hablé del falo de tu amante,
dimensiones y demás virtudes contadas,
ni de tus añoranzas sexuales,
de tus pechos masticables,
de los resortes insansables de tu ombligo blanco,
de tus combustiones pélvicas,
de tu membrana himeneal eléctrica y azucarada;
que no he hablado ni de este modo ni en el gráfico tratado
con que soñaste cada palabra.

Creo que aun queda espacio para una observación de coincidencia: en el verso de despedida de la carta de Beltré López que reza: «con más deseos de verte que de escribirte», se invoca un deseo similar al que expresa el inicio de la epístola de la legendaria Penélope a Ulises en «Las Heroidas» de Ovidio, cuando esta dice:

Penélope, tu esposa desdichada
¡Oh tardo y perezoso Ulises mío!
Esta te escribe, pero no respondas;
En lugar de respuesta ven tú mismo.

En conclusión, «¿Quién te leerá esta carta?», pregunta el poeta dominicano a su destinataria Iria, sin saber si obtendrá la respuesta anhelada. No descartemos que esa epístola en verso se podría perder con el tiempo y aparecer luego como el texto de mayor valor literario de los 112 poemas que ocupan las páginas de «No es un soplo la vida».