¿Olvidar la Feria de Madrid?

Feria Madrid 2019© JOSÉ CARVAJAL /

Un país con poca tradición literaria debe tomarse en serio las ferias del libro en las que participa. Cuando hablo de tomarse en serio me refiero al catálogo de obras y la presencia de autores que son parte del material intelectual que se lleva con motivo de exhibición. Por tratarse La Española una isla dividida en dos naciones, el esfuerzo de presentación requiere un cuidado mucho mayor que en otros casos, para evitar confusiones de índole cultural con el lado insular haitiano. En otras palabras, la improvisación y la falta de experiencia no deberían tener cabida cuando se organiza la participación dominicana en eventos internacionales de la industria profesional del libro. Eso último es algo que se advierte cuando se pasa revista a la Feria de Madrid 2019, donde República Dominicana fue país invitado de honor.

Tal vez la distinción de País Invitado de Honor no debería verse más allá de los intereses de un comercio que no tiene nada que ver con buena intención literaria. El esfuerzo y la colaboración de la nación invitada se afianzan principalmente en la compra del escenario que se le ofrece. Por su parte, la nación anfitriona pone en práctica su servicio al cliente para satisfacer las negociaciones. Ambas se empeñan en lucir bien y para ello se aportan recursos, mayormente del erario del visitante; este aprovechará el escenario internacional para exhibir lo mejor de su tradición cultural y de esa forma despertar el interés del extranjero hacia lo vernáculo.

Al embajador Olivo Rodríguez Huertas se le debe la gestión de la Feria de Madrid 2019. Sin embargo, también se le debe reclamar la falta de preparación para dicho evento, algo que se veía venir desde el principio. Lo primero fueron las atribuciones que se tomó el propio Huertas, de querer ser protagonista y no solo el conducto diplomático de lo que al final resultó una mala película, por falta de una dirección adecuada y la inexperiencia de una caterva de pésimos actores literarios.

Todo lo anterior no sería importante recordarlo si el escenario no hubiera sido Madrid, ya que, por lógica, España es la meca de la industria del libro en español. Esa era la primera reflexión que los dominicanos debimos haber hecho antes de enfrascarnos en la empresa ferial que no deja de ser histórica para nosotros. En más de 500 años de contactos entre aquel mundo trasatlántico y nosotros, es la primera vez que en Europa se tiene a República Dominicana como país invitado de honor de una feria libresca; solo por eso se requería planificación profesional, experiencia y propósitos claros. La primera pregunta que debió formularse fue «¿a qué vamos a Madrid?» Pero al parecer, dados los resultados, eso fue en lo que menos se pensó.

Rodríguez Huertas se empeñó más en ser el jefe de la tribu de intelectuales oficialistas que no demostraron saber más que él de asunto ferial profesional. Fue el primer indicio de que las cosas no marcharían bien para la Literatura; es decir, que la política estaba por encima de la responsabilidad cultural. Otra mala señal fue la improvisación, parte de la cual quedó registrada en una entusiasta y emotiva crónica de Minerva del Risco, una de las escogidas por Rodríguez Huertas para librar el asunto en Madrid. Minerva, además de hija del fallecido René del Risco Bermúdez, emblemático escritor de la llamada Generación del 60, es la esposa del Consultor Jurídico de la Presidencia de la República. Mi intención no es demeritar a Minerva, sino esbozar el mapa del origen de un fracaso literario en el principal escenario del libro en lengua española. Soy consciente de que muy pocos lo entenderán como un fracaso, especialmente los delegados oficialistas y sus favorecidos, que por cantidad de invitados hacen legión.

De acuerdo con la crónica de Minerva, la cabeza ferial de Rodríguez Huertas se formó de la siguiente manera: «contesté una llamada telefónica procedente desde Madrid.  Eran las 9:18 de la noche. El embajador Olivo Rodríguez Huertas llamaba para proponerme que formara el equipo que se encargaría de realizar el programa con el que participaríamos en la 78ª Feria del Libro de Madrid, la cual se le dedicaría este año y por primera vez en la historia, a República Dominicana, gracias a su excelente gestión diplomática. Cuando terminó mi conversación con el embajador, miré hacia los dos lados con expresión de sorpresa, y en un minuto teníamos el equipo armado.»

La frase que delata la improvisación es «y en un minuto teníamos el equipo armado». Armar un equipo de la magnitud que se necesitaba para impulsar la literatura dominicana al nivel insospechado no podía ser cuestión de «un minuto», sin analizar primero el propósito y la responsabilidad que conllevaba el distintivo de País Invitado de Honor en tamaño escenario. No se trataba de una reunión de amigos, ni de un encuentro fortuito de compañeros de juergas, ni de una fiesta de cumpleaños; se trataba de una oportunidad única que la ineptitud convirtió en un burdo desfile de personajes medioisleños sin propuestas literarias concretas.

El mismo programa del pabellón oficialista fue penoso, con todo y nobel Mario Vargas Llosa incluido. El conversatorio con Vargas Llosa fue uno de los espacios más desperdiciados en la Feria de Madrid.

En realidad, el fracaso quedó sellado desde el principio, con la discordia entre el embajador Rodríguez Huertas y el ministro de Cultura Eduardo Selman. El primero reclamaba control absoluto de la participación dominicana en dicho evento, y el segundo rechazaba colaborar por entender que el diplomático estaba tomándose atribuciones que no les correspondían. Luego de un vergonzoso enfrentamiento difundido por los medios de comunicación, ambos entraron en cordura para sacar lo mejor del compromiso trasatlántico. El problema está en que solamente lograron «sacar lo mejor» de una gran fiesta de traficantes de influencias que utilizan de mala manera los recursos del erario, porque al parecer nunca hubo un propósito ni un plan claro de dar el impulso que tanto necesita la literatura dominicana para trascender las costas caribeñas.

Pese a la calidad literaria notable en la periodización historiográfica y a una insoslayable abundancia de publicaciones locales desde las postrimerías del siglo XIX, la literatura de República Dominicana es la menos conocida de los países hispanos de las Antillas Mayores, superada en ese sentido por Cuba y Puerto Rico. Las razones son históricas y las explicaciones podrían convertirse en tema para un libro. Por ahora basta reconocer esa preocupante realidad para entender que no se debería jugar ni poner en manos inexpertas cualquier oportunidad de impulsar las letras dominicanas al nivel internacional. La experiencia de Madrid ya es cosa del pasado, pero no por ello debemos olvidarla.

Más que el logro aparente y de la celebración bullanguera a ritmo de sones caribeños y todo lo que complementa el jolgorio, de la Feria del Libro de Madrid debe interesarnos lo que no sucedió, lo que se nos escurrió de las manos, ya fuera por control oficialista, desconocimiento o por la ambición de unos organizadores que mostraron más fidelidad a la política y al tráfico de influencia que a la literatura misma. De no haber sido así, la lista de los delegados no destilara la savia de la «cultura inútil», como diría José Martí.

A los fines se trasladaron más de sesenta dominicanos «oficialmente prominentes» a Madrid (a más de ocho horas de vuelo sobre el océano Atlántico), y se podría decir que nadie fuera del circo se dio cuenta. Teníamos el rótulo más visible de la Feria, pero terminamos siendo invisibles a los ojos de aquellos profesionales de la industria editorial en los que debimos despertar el interés como parte de una isla que produce una literatura todavía virgen para fines comerciales.

El material intelectual llevado a Madrid no fue el mejor, ni tampoco suficiente, porque la hojarasca de los malos escritores, que se empecinan en acaparar los lugares de los buenos que no se prestan a politiquerías, ocupó demasiado espacio en las valijas diplomáticas. En conclusión, la mediocridad libresca y la mezquindad política partidista no permitieron presentar a República Dominicana con el brillo que se merecía por el solo hecho de ser la Cuna de América.