Borges contra P. Henríquez Ureña

BORGES Y PHU© JOSÉ CARVAJAL /

La grandeza de Borges no sería tanta si no fuera por la pequeñez de quienes le admiran de manera enfermiza. Para ser grande basta cubrir con la sombra de la erudición y la imaginación un enjambre de hormigas, algo muy común en el burdo espectáculo de venerar hasta la santidad a sabios universales, y a veces no tan universales.

Yo a Borges lo leo y lo escucho para desenmascararlo, y mi principal colaborador en esa faena inútil y ociosa es el mismo Borges. Él pone las pistas o traza el crucigrama, el laberinto, y sabe que mi papel no es adorarlo sino vencerlo. Él siempre supo que era vencible; el hombre, y no el que vive aún en esos textos que parecen hechos para la eternidad. Sin embargo, contrario a toda creencia de eruditos, el Borges más fácil de vencer no es aquel que murió en 1986 en Ginebra, sino éste que ya dijo y no puede decir más, éste que no puede corregirse ni rectificar los errores de su pensamiento y su erudita lengua viperina. Este es el Borges que me interesa, no el que maravilla sino el que decepciona. En el ejercicio de hacer tropezar un grande está la osadía de permanecer alerta, para no ser como la persona que se escuda en el gigante que a puertas cerradas se convierte en un ser diminuto y miserable.

Una vez escribí un artículo sobre lo que me pareció ser un gazapo en un cuento de Borges y no fueron pocos los que defendieron la santidad del genio; pero el error, ya sea suyo de escritura o mío de interpretación, sigue ahí en los primeros tres o cuatro párrafos de su relato Emma Zunz, como invención de la ironía y la trampa que paralizan a los devotos y oscurecen la posibilidad del análisis profundo. El mismo Borges dijo por ahí que «quizá todo autor, leído con cuidado, revela su imbecilidad».

Ahora, terminada la lectura de aquel monumental diario de Adolfo Bioy Casares, donde dejó registradas más de 1,600 páginas de conversaciones íntimas y encuentros privados con otros escritores; una lectura que interrumpí por un tiempo a la altura de la página 301, por viajes que no me permitían cargar con semejante armatoste, que para leerlo se hace necesario apoyarlo sobre una mesa, como si se tratara de una Biblia, descubro que la verdadera opinión de Borges acerca de Pedro Henríquez Ureña era la de un hipócrita que al parecer traicionó la confianza de una amistad que de parte suya no podía llegar a ser sincera.

BORGES CASARESLa compilación de los diarios de Bioy Casares revela, por ejemplo, que el mismo Borges discriminaba a Pedro Henríquez Ureña y le consideraba poca cosa. De esa manera todos los elogios públicos de Borges a PHU, esos párrafos hartamente celebrados en los cenáculos dominicanos, quedan reducidos a teatro gracias a la indelicadeza de Bioy Casares, un escritor que se convirtió en la sombra del amigo erudito. Bioy Casares sabía que cada encuentro con Borges podía interesar, cuando ya todos los protagonistas de la comedia estuvieran muertos. Convirtió con alevosía las libretas de sus diarios en fosas literarias donde florece la otra verdadera «historia universal de la infamia» de Borges. Nos toca ser ahora peritos y levantar los cadáveres de víctimas y victimarios, para entender y explicar lo que podamos.

En una entrevista hecha por el periodista argentino Osvaldo Ferrari, en la que el autor de cuentos memorables elogia a Pedro Henríquez Ureña, y en la que habría dicho equivocadamente el título del humanista dominicano «Seis ensayos en busca de nuestra expresión» (la transcripción dice «Seis ensayos en busca de nuestro porvenir», entre otras imprecisiones, como la de afirmar que Max Henríquez Ureña murió en Puerto Rico, cuando fue en Santo Domingo), destaca lo siguiente: «Yo tengo el mejor recuerdo de Pedro Henríquez Ureña y, además, el estilo de él… bueno, él era un hombre tímido, y creo que muchos países fueron injustos con él. En España, claro, lo consideraban un mero indiano; un mero centroamericano. Y aquí, en Buenos Aires, creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser quizá mestizo; el ser ciertamente judío –el apellido Henríquez, bueno, como el mío, es judeo-portugués–. Y aquí él fue profesor adjunto de un señor, de cuyo nombre no quiero acordarme, que no sabía absolutamente nada de la materia, y que Henríquez Ureña –que sabía muchísimo– tuvo que ser su adjunto, porque finalmente, un mero extranjero… el otro, claro, tenía esa inestimable virtud de ser argentino, y fue titular de esa materia que apenas conocía y que Henríquez Ureña conocía a fondo; la literatura española. Tengo el mejor recuerdo que puede tenerse de Henríquez Ureña; y una prueba de ello es que no pasa un día sin que yo lo recuerde. Fue un hombre… la gente nunca se portó bien con él; la República Argentina no se portó bien con él.»

En esa misma entrevista de 1985 Borges llega a esta conclusión: «Yo tengo la impresión de que Henríquez Ureña –claro, es absurdo decir eso–, pero yo tengo impresión de que él había leído todo; de que sabía de todo.»

Esa era la opinión pública de Borges sobre Pedro Henríquez Ureña. Sin embargo ahora, gracias al minucioso registro en aquellas libretas de diarios indiscretos y habladores, conocemos la opinión que tenía a puertas cerradas. El sábado 2 de noviembre de 1957, Bioy Casares anota: «Hablamos de Henríquez Ureña… Por el trato, uno distraídamente lo colocaba a Ureña como hombre de vastas lecturas (tal vez no fueran tan vastas) y, aunque sus libros no son nada, el recuerdo de aquella personalidad prevalece y todo el mundo lo pone entre los mejores escritores.»

Bien, luego del comentario de Bioy Casares viene la opinión de Borges: «Era como la encarnación de la indulgencia, de la hospitalidad y de la urbanidad. Pero no creas que era demasiado inteligente. Un día que me vio con un libro de Henry James, comentó: “Bueno, sí, está bien, pero hoy dicen los críticos que ya no hay que leerlo, porque Edith Wharton escribe novelas iguales a las suyas”. ¿Qué me decís del espíritu delicado, que lee por placer?»

Y así, el jueves 24 de abril de 1958, Bioy Casares cita a Borges diciendo que ni poniendo un libro en sus manos pudo descubrir si Pedro Henríquez Ureña sabía o no alemán. Borges: «Hojeó la traducción al alemán de Richard Wihelm, del Tao Te King. “Mucho hegelianismo”, observó por todo comentario. No creas que se sintió incómodo. Pero sospecho que no sabía. No me atreví a preguntarle. No era un impostor: era un profesor, no podía exponerse a que le sorprendieran una ignorancia.»

El lunes 4 de mayo de 1959, Borges dice lo siguiente: «Es cierto, porque lo único que les interesa es el comercio y la propaganda. Si no saben eso, ¿qué saben? Quizá todo el mundo sea un poco así. El que también era un poco así –porque era un negro haragán– era Henríquez Ureña. Si tenía a mano una edición conocida, aunque fuera imperfecta, la reeditaba, sin darse más trabajo ni pensar más. “¿Por qué no? Es la traducción de la Biblioteca Clásica o de La Lectura”, decía, sin entrar en detalles. La gente cree que esa especie de catálogo, su “Historia de la cultura en la América Hispánica”, es una obra importante. Hasta menciona a Gardel.»

El lunes 4 de mayo de 1981, Borges dice: «Era mejor que [Amado] Alonso, pero de cultura modesta e inteligencia más bien mediocre. Ha quedado como el Maestro de América. Por un acto de fe se lo considera sabio y muy inteligente. No era “muy allá”, como decía Madre: era más bien limitado mentalmente.»

Así quedamos con Borges. Otro que me dio la impresión de no haber leído mucho a Pedro Henríquez Ureña fue Mario Vargas Llosa, cuando escuché su discurso de aceptación del premio internacional que lleva el nombre del humanista dominicano, otorgado en Santo Domingo en 2016. Pero de Vargas Llosa y su celebrado «amor por República Dominicana», que tanto destacaron los diarios dominicanos que cubrieron la Feria del Libro de Madrid 2019, hablaré en otra ocasión.