P. Henríquez Ureña contra Borges

PHU y Borges© JOSÉ CARVAJAL / 

De la lectura de los diarios del escritor argentino Adolfo Bioy Casares se podría deducir que el autor de «La invención de Morel» veía con recelo la amistad de su admirado Jorge Luis Borges con Pedro Henríquez Ureña; y tal vez por eso no dejaba escapar ninguna oportunidad para opinar de manera despectiva y burlona cuando se refería al humanista dominicano.

La actitud de Bioy Casares tiene probablemente origen en la indudable admiración de Borges por Pedro Henríquez Ureña, que al parecer se convirtió en pregunta obligada de quienes entrevistaban al autor de libros memorables como «Historia universal de la infamia» y «El Aleph». En el decenio de los setenta le tocó el turno al escritor y profesor de literatura argentino Fernando Sorrentino, después que el mismo Borges mencionara a PHU en respuesta a otra pregunta:

«Fernando Sorrentino: Ya que nombró a Henríquez Ureña, ¿tuvo amistad con él y con Amado Alonso?

»Borges: Sí, desde luego. Y los admiro mucho a los dos, pero yo he sido realmente más amigo de Pedro Henríquez Ureña que de Amado Alonso. Eso no quiere decir que yo aprecie más a uno que a otro; quiere decir que las circunstancias me acercaron más a Pedro Henríquez Ureña que a Amado Alonso. Henríquez Ureña no fue un hombre feliz, porque vivió siempre un poco como forastero, como un desterrado. Sospecho que en España la gente no lo dejaba olvidar que, al fin de todo, él era un mero dominicano. Algo parecido le ocurrió a Alfonso Reyes; no lo dejaron olvidar que era mexicano, lo veían de algún modo como un intruso. Y sé que aquí la gente no fue lo suficientemente generosa con Pedro Henríquez Ureña. Por ejemplo, para limitarme a algo que en sí no es importante: Pedro Henríquez Ureña no fue nunca profesor titular de una materia que él dominaba, la literatura española; fue siempre profesor adjunto, y el titular –de cuyo nombre no quiero acordarme– era argentino y sentía también que el otro era un mero dominicano.»

Para los que no le conocen, Amado Alonso era lingüista y crítico que había adoptado la nacionalidad argentina. Nació en España en 1896 y falleció en Estados Unidos en 1952.

En ese mismo diálogo con Sorrentino, Borges recordó temas que ocuparon sus encuentros con Pedro Henríquez Ureña, y de paso elogió a Max Henríquez Ureña, hermano menor del humanista: «Con Pedro Henríquez Ureña hablábamos muchas veces sobre el movimiento modernista, que nos parecía a los dos muy importante (y sigue pareciéndome). Su hermano Max escribió esa “Breve historia del modernismo”, que me parece admirable, en la que se destaca que el movimiento vino de América y que llegó luego a España; lo cual es raro si se considera que ese movimiento estaba inspirado en Hugo, en los simbolistas, en Edgar Allan Poe… Sin embargo, ese movimiento sale de América, atraviesa el Atlántico, y llega después a España. Hablábamos de eso y sobre muchos temas literarios, también sobre poesía americana, sobre los recuerdos personales de él en Nueva York, donde vivió mucho tiempo y que yo no conocía entonces, y sobre temas estéticos generales.»

Es una voz muy distinta del Borges que habla de PHU en las páginas de los diarios de Bioy Casares, donde se registran fuertes críticas del primero al segundo, a veces en tono discriminatorio. Sin embargo, en esos mismos registros resalta que Borges parecía bromear en privado con la reputación de sus conocidos. El domingo 3 de octubre de 1965, aparece diciendo: «Estoy contribuyendo a crear una falsa imagen de Macedonio [Fernández], de Xul [Solar], de Pedro Henríquez Ureña…»

El que sin duda no jugó al escribir supuestamente él mismo lo que opinaba de Borges fue Pedro Henríquez Ureña, en una carta que habría dirigido en 1945 al cubano José Rodríguez Feo, un adinerado mecenas de proyectos culturales, traductor y coeditor junto con José Lezama Lima de la famosa revista Orígenes, además de egresado de la Universidad de Harvard, donde estudió Literatura e Historia norteamericana. En la entrada de su diario, correspondiente al 21 de octubre de 1969, Bioy Casares se refiere a la carta de la siguiente manera: «Parece que ese “venerado maestro”, don Pedro (Henríquez Ureña), razonó a lo largo de una carta a Rodríguez Feo, un minucioso he implacable ataque a Borges. No me extraña que fuera ladino. Tenía una sonrisita compradora.»

La carta de PHU no es algo nuevo para algunos estudiosos dominicanos y cubanos. El propio Rodríguez Feo la incluyó en el prólogo que escribió a una antología de ensayos de Pedro Henríquez Ureña, publicada en Cuba; y el dominicano Nelson Julio Minaya se refirió a la misma en un libro con el que ganó el Premio Anual de Ensayo PHU 1996-1997 y que pretende demostrar que la obra poética de su compatriota Franklin Mieses Burgos pudo haber influido en Borges. Esto último merece análisis profundo en otra ocasión.

Aquí la transcripción de la carta de Pedro Henríquez Ureña a Rodríguez Feo, según aparece en el libro «Franklin Mieses Burgos, ¿Maestro de Borges?» de Minaya:

PHU: «Borges tiene aberraciones terribles: detesta a Francia y a España; todo lo inglés le parece bien; mucho de lo yanqui; no le gusta Grecia. Si no las conociera, se podría comprender, pero lo grave es que las conoce. De Inglaterra, sólo detesta lo que se parece a lo latino. Keats y Shelley, esos poetas en cuya época, como decía mi amigo Oscar Firkins, el idioma inglés se volvió una especie de lengua románica, en el aspecto de la belleza formal. En literatura, a Borges sólo le interesa el mecanismo (como en filosofía: es lógico y no filosófico, o se interesa en la estructura de los conceptos filosóficos y no en su contenido); el contenido humano le es indiferente. La literatura que presenta los grandes conflictos humanos, las pasiones fundamentales, las cualidades esenciales, del hombre, lo deja frío. Homero, Shakespeare, Dante, los trágicos griegos, Cervantes, no le dicen nada; en Shakespeare y en Dante admira las imágenes y la estructura de los versos. En resumen: nada de lo humano le atrae… Como idioma, sí, te diré, es estupendo; no se equivoca nunca; como dice el pintor y perito en tipografía Attilio Rossi (el italiano de la Editorial Losada), se pasa las tardes de los domingos tachando palabras.»

En su ensayo premiado el ya fallecido profesor universitario Minaya no cuestionó la veracidad de la carta, pero sí el hecho de que Rodríguez Feo la publicara veinte años después de la muerte de Pedro Henríquez Ureña.

No he olvidado el recelo que parecía despertar en Bioy Casares la amistad de Borges con el humanista dominicano. Aquí dejo algunas frases suyas que alimentan esa sospecha y que podrían poner en tela de juicio todo lo que este le atribuye a Borges en relación con PHU: «Por el trato, uno distraídamente lo colocaba a Ureña como hombre de vastas lecturas (tal vez no fueran tan vastas), y aunque sus libros no son nada, el recuerdo de aquella personalidad prevalece y todo el mundo lo pone entre los mejores escritores.» También son suyas «venerado maestro» (en cursivas); «que ni poniendo un libro en sus manos [Borges] pudo descubrir si Henríquez Ureña sabía o no alemán»; «El suave tono de voz y la ironía primordialmente facial convencen a los interlocutores de Ureña…»; «No me extraña que fuera ladino. Tenía una sonrisita compradora.»

En fin, los diarios de Bioy Casares de sus conversaciones íntimas con Borges puede que sea un registro de verdades y mentiras, o como se diría en este segundo decenio del siglo XXI donde proliferan las noticias falsas: de puras verdades y mejores posverdades.