Secretos a voces de Juan Rulfo

Juan Rulfo
Juan Rulfo

© JOSÉ CARVAJAL / 

En 1973 aparece un libro armado de secretos a voces, de líneas que separadas por el aquí y por el allá se perdían en la vorágine de discursos multiformes. La estructura es de la escritora y periodista argentina Reina Roffé, pero las palabras son de Juan Rulfo, auténticas del creador de Comala. Incluso en ese mundo de pocas páginas Rulfo explica cómo surgió el nombre del lugar de fantasmas que todos conocemos en la aventura de la lectura y que le lanzó a la fama como uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX: «El pueblo no existe, no. [En la ficción] el pueblo de Comala es un pueblo progresista, fértil. Pero la derivación comal –comal es un recipiente de barro, que se pone sobre las brasas, donde se calientan las tortillas–, y el calor que hay en ese pueblo, es lo que me dio la idea del nombre. Comala: lugar sobre las brasas.»

Los fantasmas del pueblo inventado tendrían origen en la impresión que causó en Rulfo la transformación de ese lugar de la infancia, San Gabriel, que despertó la prodigiosa imaginación del adulto ya escritor: «Fue cuando regresé al pueblo donde vivía, 30 años después, y lo encontré deshabitado. Es un pueblo que he conocido yo, de unos siete mil, ocho mil habitantes. Tenía 150 habitantes, cuando llegué. Las casas aquellas inmensas –es uno de esos pueblos muy grandes, las tiendas ahí se contaban por puertas, eran tiendas de ocho puertas, de diez puertas– y cuando llegué las casas tenían candado. La gente se había ido, así.»

Rulfo dijo que tenía unos diez años con el personaje Pedro Páramo en la cabeza. «Estaba ya, casi se puede decir, planeado. Pues como unos diez años.» Y recuerda: «Imaginé el personaje, lo vi. Después, al imaginar el tratamiento, lógicamente me encontré con un pueblo muerto. Y claro, los muertos no viven ni en el espacio ni en el tiempo. Me dio libertad eso para manejar a los personajes indistintamente. Es decir, dejarlos entrar, y después que se esfumaran, que desaparecieran.»

Hay otro dato que permite relacionar la fantasmagoría de la novela con la vida misma del autor. Rulfo le llamaba una mala costumbre el haberse convertido en asiduo visitante de los panteones de los pueblos que frecuentaba. «Tengo la mala costumbre de que siempre, al llegar a un pueblo, voy a visitar los panteones… Y siempre voy, no sé por qué será así, me fijo la fecha, me fijo cuándo murieron aquellos señores.» Así reconoce que uno de los panteones que visitó en San Gabriel fue «por necesidad», pues andaba detrás de la creación de Susana San Juan, «que fue siempre el personaje central» de la novela. «Susana San Juan era una cosa ideal, una mujer idealizada a tal grado, que lo que no encontraba yo era quién la idealizaba. Entonces supuse, o supe, que en ese pueblo estaba enterrada Susana San Juan.» Al visitar el cementerio Rulfo encontró «un panteón en ruinas.», y al parecer le impresionó que en aquel lugar los muertos estuvieran fuera de la tierra. «Yo fui; nunca dejo de ir a los panteones. Es lo único interesante que hay en los pueblos.»

Aquí viene un secreto a voces, pero no por ello escuchado o leído por todos: «Yo tengo la desgraciada tendencia de situar geográficamente a ciertos personajes imaginarios. Me gusta situar geográficamente al personaje. En el ambiente de la zona. Pedro Páramo no estaba situado en una época, estaba ubicado en una región. Es difícil saber en qué época sucede. Pero, sí, hay ciertos hechos, ahí que más o menos… En realidad no era tratar de involucrar ninguna época, ni revolución, ni nada. Ninguno de esos materiales. Simplemente involucrar los hechos que habían pasado ahí. Y nunca se menciona una fecha.»

Confiesa sin embargo que «el personaje Pedro Páramo no sé de dónde salió; yo nunca conocí una persona así. Yo no lo considero de fácil clasificación. Creo que es el cacique. Abundan, abundaron los caciques en México. Pero las actitudes que él tomó, sus actos, son milagritos que uno les cuelga. Digo; yo no sé si hubo un cacique que hizo su propia revolución para defenderse de la revolución.»

El reto mayor del escritor nacido en 1917 en Jalisco, México, fue pulir la historia, depurar «Pedro Páramo». Y lo recuerda confesando lo que parece ser otro milagro: «Susana San Juan, tampoco sé de dónde salió. Tal vez sea una novia que me imaginé alguna vez. Y construí “Pedro Páramo” alrededor de ella y alrededor del pueblo. Más bien alrededor del pueblo. “Pedro Páramo” es un lenguaje hablado. Tuve que echar fuera más de 150 páginas antes de dejarla como quedó. No sé si ese ajuste fue necesario. A veces pienso que no se debe creer que el lector razona igual que uno y que se le ponen muchas trabas para su comprensión. Ahí ya fue, simplemente el lenguaje que hablaba la gente… no es un lenguaje captado, no es que uno vaya con una grabadora a captar lo que dice la gente…»

Reina Roffé se adelantó a contar los secretos de Juan Rulfo trece años antes de la muerte del escritor, ocurrida en 1986.  En realidad, el propio Rulfo se había confesado en varias entrevistas que se convirtieron luego en el material para el libro «Juan Rulfo, Autobiografía Armada». El mérito de la escritora argentina radica en la compilación de esas declaraciones del autor mexicano, de tal forma que dan la impresión de una composición originalmente autobiográfica. Lo importante es que sea Rulfo, que sean sus palabras, sus pensamientos, sus secretos; y que Roffé haya sido el milagrito que muchos lectores esperaban para conocer «de cerca» al enigmático autor de «Pedro Páramo». O tal vez sería mejor llamarlo «sombrío», como él mismo se habría presentado en alguna ocasión: «Por lo sombrío que soy, creo que nací a la medianoche. Me llamo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Me apilaron todos los nombres de mis antepasados paternos y maternos, como si fuera el vástago de un racimo de plátanos, y aunque sienta preferencia por el verbo arracimar, me hubiera gustado un nombre más sencillo.»

Reina-Roffé
Reina Roffé

Ahora la explicación de Reina Roffé: «Esta “Autobiografía Armada” surgió por devoción y, a la vez, por azar. A principios de los 70, cuando todavía se conocía poco de Rulfo y su obra, y aun no se había publicado la mayor parte de los libros y trabajos críticos que hoy circulan, me encargaron realizar una compilación testimonial acerca de este autor, en su propia voz. De inmediato, la primera persona se impuso y el protagonista Rulfo dio continente a cada párrafo.»

Autora de varias novelas y libros de ensayo, Reina Roffé tenía 21 años cuando asumió el reto de «Juan Rulfo, Autobiografía Armada», un pequeño libro que lo único que podría tener de apócrifo es la forma, no así el contenido; y que sin duda ha crecido con el tiempo, al igual que la obra de su protagonista universal.