Octavio Paz y las memorias

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Octavio Paz y Pere Gimferrer, 1974.

© JOSÉ CARVAJAL /

Leer las cartas de Octavio Paz podría ser la aprobación de la indiscreción del destinatario al publicarlas en libro después de la muerte del célebre remitente. Sin embargo, este aparente acto de indiscreción profesional contó con el concurso de la viuda y es a la vez uno de los grandes aportes del editor Pere Gimferrer para entender el proceso al que fueron sometidas las obras más importantes del Premio Nobel de Literatura 1990.

De «Memorias y palabras» he disfrutado principalmente las correcciones, frustraciones, explicaciones, propuestas editoriales, recomendaciones y autocríticas de Paz en su amplio epistolario con Gimferrer, que destaca en sus funciones como editor de Seix Barral, aunque también es poeta, narrador y ensayista de primer orden. Al parecer Gimferrer se convirtió en uno de los grandes colaboradores de Paz pese a la marcada diferencia de 31 años en las edades de ambos; Paz nació en 1914 y Gimferrer en 1945.

El discurso epistolar, sin embargo, fluía sin los obstáculos que pudieran derivar del tiempo y la experiencia en la relación de trabajo de un hombre ya cincuentón y un joven brillante de apenas 21 años que terminó siendo un amigo entrañable para Paz y su compañera Marie José. Eso último se comprueba en el tono de las cartas escritas por Paz desde abril de 1966 hasta abril de 1997. Son muchos los elogios de Paz a Gimferrer, y al parecer muchos los consejos de este que el autor mexicano acató de manera profesional. En definitiva, era un equipo de dos dando a luz una obra que crecía al ritmo editorial de la época, y que terminaría coronada con el Nobel en Estocolmo.

Una de las curiosidades que me mantuvo anclado a la lectura de las más de 400 páginas de esta compilación de cartas fueron las interrupciones y las quejas de Paz mientras concebía su voluminoso estudio biográfico sobre Sor Juana Inés de la Cruz, que en principio era un «librito» del que luego decidió ampliar algunas partes. De la carta de Paz, del 19 de julio de 1974, se deduce el interés de Seix Barral en el ensayo sobre Sor Juana, que también era esperado por el Fondo de Cultura Económica de México (FCE).

Octavio Paz se refiere al asunto de la siguiente manera: «Las proposiciones de Seix Barral me parecen razonables. En principio, estoy de acuerdo. Espero hablar en estos días con los del Fondo y con Joaquín Díez-Canedo. La reacción de este último me preocupa. Es un buen amigo y un buen editor –en el sentido técnico, físico de la palabra: los libros son bonitos y tienen pocas erratas– pero su distribución es nula fuera de México. Ya te pondré al corriente de lo que haya arreglado. En todo caso, cuenten con el libro sobre Sor Juana y con los otros que proyecto.»

Sin embargo, el proceso de lo que circula hoy como «Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe» tomaría tiempo. Más de un año después de mencionarlo en varias cartas, y pese a la continua comunicación con Gimferrer, Paz le informa a este desde Harvard (Cambridge, Massachusetts): «…avanzo en el libro de Sor Juana. Está ya escrita la mitad y a mi regreso a México continuaré.»

Por supuesto, ese no era el único libro que ocupaba las relaciones de Paz con su joven y talentoso editor. Estas cartas y otros epistolarios que mantuvo a lo largo de su vida son ejemplos de tenacidad, dedicación, preocupación, precisión y no pocas revelaciones acerca del proceso de su oficio de escritor. En otra carta enviada desde Harvard, en octubre de 1975, Paz se refiere a sus poemas «Pasado en claro» y «Piedra de sol». Del primero dice: «Empecé a escribir ese poema sin saber exactamente lo que hacía. El tema fue apareciendo lentamente, brotando, por decirlo así, del texto ya escrito y “dictado” del inconsciente o de la inspiración; yo –mi mano, mi cabeza, mis sentidos, mi mente, y claro, el diccionario a mi lado– era el que escribía; pero escribía lo que, sin decirlo, me decía lo ya escrito. No sé si me explico: el texto producía el nuevo texto –o para decirlo de una manera menos brusca: lo ya escrito me señalaba el camino que debería seguir.»

Aquí una confesión: «Algo semejante ocurrió con «Piedra de sol». Y algo más, que solo a ti te cuento por ahora y te ruego no divulgues hasta que aparezca una nueva edición del poema. Lo terminé aquí [jc: en Cambridge], el año pasado. Después en México, cuando ya estaba el original en la imprenta, durante una temporada que pasé en Cuernavaca, escribí 44 líneas más –verso 15 de la página 18 a verso 7 de la página 21. Pero unos pocos días después, al releer el nuevo pasaje, descubrí ciertas falsedades. Llamé a Vicente Rojo –que se encargó de la edición– para preguntarle si podía retirar unos cuantos versos, los mismos que había añadido hacía unas semanas. Me dijo que ocasionaría un trastorno considerable, que ya había hecho varios cambios, etc. Tenía razón y me resigné. Pero no del todo. Aquí, otra vez, al releer el poema, hice unas cuantas correcciones y escribí de nuevo parte del pasaje: 18 versos, justamente los que desde el principio me parecieron gratuitos, no necesarios. Te los envío con esta carta para que corrijas tu ejemplar.»

El epistolario de Paz está lleno de aciertos, dudas, retrasos, trabajo intenso, preocupaciones, críticas, autocríticas y demás. En 1976, en medio de la dinámica y entrega de otros proyectos al sello Seix Barral, Paz le recuerda a Gimferrer que sigue pendiente «Sor Juana». Pero en 1977 se queja: «Tuve que dejar de lado, incluso, el libro de Sor Juana, que escribo a ratos perdidos y con una lentitud desesperante. Además, las continuas interrupciones, intromisiones, las acusaciones, contracusaciones, confabulaciones. La vida literaria y política mexicana es un gallinero, pero un gallinero alborotado por gallos agresivos y gallinas perversas y chismosas.»

Aun así, Paz no se detiene, no se desalienta y avanza en otros proyectos; y en la misma carta de la queja mantiene en alto la bandera del optimismo: «El libro sobre Sor Juana podré terminarlo este año. Ya llevo más de la mitad.» Y reitera: «He avanzado muy lentamente por culpa de las interrupciones.»

El espacio y el tiempo me obligan a una segunda entrega.