Virgilio, un clásico por encargo

CLASICO VIRGILIO© JOSÉ CARVAJAL /  

Hace tiempo que por las mañanas me levanto en el presente y por las noches me acuesto en el pasado remoto de los clásicos. Para mí leer a Hesíodo y descubrir lo que de él habría bebido Virgilio para componer «Geórgicas» es como entrenarme para una multitudinaria reunión onírica a la que bien pueden asistir Teofrasto, Tales, Lucrecio, Fedón, Teócrito, Sócrates, Platón, Jenofonte, Aristóteles, Pitágoras, Heráclito, Parménides, Dante, Shakespeare, Góngora, Baudelaire, Lautreamont, Pessoa o sor Juana Inés de la Cruz. En el encuentro citemos también a filósofas de la antigüedad como Teano de Crotona y la «hetera» Aspasia. La primera fue alumna aventajada de Pitágoras y luego la esposa con la que este procreó cinco hijos; y la segunda habría sido el motivo de que Pericles abandonara su mujer al no poder resistir la tentación de hacer suya aquella muchacha de la vida alegre de la elite de entonces y veinte años más joven que él.

Todos esos clásicos se rebelan siglo tras siglo contra el olvido. El grandioso Virgilio (70 a. C. – 19 a. C), recordado principalmente por su epopeya «Eneida», quedó más inmortalizado aún por Dante, que lo convirtió en guía ficticio en el recorrido del Infierno y el Purgatorio de su monumental obra «La divina comedia».

Virgilio fue quizá el primer beneficiario de lo que hoy conocemos como mecenazgo, que es la ayuda económica que un gobierno o empresas privadas conceden a un artista, en este caso un poeta, para que dedique el tiempo a la creación de su obra, en algunas ocasiones por encargo del mismo patrocinador. De hecho, la palabra mecenazgo se desprende sin duda del apellido de Cayo Mecenas, un hombre de confianza del emperador Octavio Augusto que se convirtió en protector del poeta Virgilio para que este escribiera obras que favorecieran al César.

Todo cambia demasiado menos los clásicos universales. Son obras perpetuas de las que no pueden fiarse mucho las nuevas voces del mercado del libro porque corren el riesgo de verse aplastadas por hondura de pensamiento y sabiduría insuperables. En su voluminoso ensayo sobre Shakespeare, Victor Hugo observó que «el genio está eternamente en plenitud; todas las lluvias del cielo no añaden una gota al Océano.»

En este paseo dejo de lado la «Eneida» para asomarme al extenso poema «Geórgicas», que trata sobre el cultivo de los campos. Sin embargo, reconozco que acercarse en solitario a Virgilio, solo por placer, puede ser frustrante, sobre todo a falta de dominio de la lengua original de los textos. No niego que se puede leer e incluso disfrutar por cuenta propia, pero cuando se habla de traducción, en cualquier idioma, creo que el goce será siempre mayor de la mano de un experto.

De modo que para llegar a la Antigua Roma me subí imaginariamente a un libro sobre Virgilio como si se tratara de un avión controlado de manera póstuma por el crítico literario y traductor de clásicos Juan Bautista Bergua. El «aparato» lleva también a bordo otro «tripulante» fallecido de nombre Emilio Gómez de Miguel, a quien se atribuye parte de la responsabilidad de lo que en portada aparece como «traducción, prólogos, estudios preliminares y notas», y que apenas le echo un vistazo porque es más grande el  entusiasmo de ver qué hay de diferente entre esta y otras versiones al castellano de «Geórgicas». Y me adentro en los textos de este poema de la vida campesina con el asombro de aquellos años de juventud en los fríos habitáculos de la Nueva York de mis recuerdos.

Lo primero que establece el prólogo es que «Geórgicas» pertenece a la poesía didáctica. En ese sentido, se anota que de dicho género «puede asegurarse que fueron Lucrecio y Virgilio, poetas latinos ambos, sus verdaderos creadores. La didáctica tiene en ellos sus representantes más genuinos, y no hay noticias de poemas anteriores a los suyos, en Roma ni en Grecia, que pudieran servirles de sugerencia, y menos de patrón.»

En cuanto a si Virgilio bebió de fuentes de Hesíodo, los mencionados expertos lo pusieron en duda: «No faltó comentarista que viera en las “Geórgicas” un reflejo de “Los trabajos y los días” del poeta Hesíodo, afirmación sin base alguna, puesto que dicha obra se limita en su primera parte a la conversación entre dos hermanos y a las instrucciones y consejos que da el mayor al menor, y en la parte segunda, a una simple exposición de sentencias, que hacen de todo ello más bien una obra gnómica que un poema didáctico [latino].» Bautista Bergua y Gómez de Miguel concluyen que «no puede negarse a Virgilio, con respecto a la poesía didáctica, su papel innovador; más todavía: su precisa y destacada cualidad creadora.»

Sin embargo, si entre grandes poetas «el primer puesto siempre está vacante», como afirmó Victor Hugo en el ya mencionado ensayo sobre Shakespeare, en el estudio de «Geórgicas» Bautista Bergua y Gómez de Miguel señalaron que en la poesía didáctica Lucrecio «abrió la brecha y marcó la ruta; y Virgilio, discípulo y émulo de Teócrito, aventajó a los dos, elevando prodigiosamente con su talento el nivel de este género de poesía.»

Para los que dan importancia a las circunstancias que originan una obra literaria, parece que las de Virgilio fueron por encargo oficialista. Al menos se sospecha que la «Eneida» lo fue, y de las «Geórgicas» Bautista Bergua y Gómez de Miguel elaboraron un registro presumiblemente confiable: «Cuando Roma cambió de un modo decidido el arado por la espada, y los productos agrícolas que antes se pedían al suelo peninsular llegaban a tierras ajenas, traídos por el derecho de conquista, hubo un cambio total de costumbres, porque los grandes terratenientes dejaron de cultivar y los modestos operarios del cambio se entregaron a una vida parasitaria.»
[…]
«De ahí que se modificaran las costumbres en el sentido de hacerse vagos los que eran laboriosos, y de colgar por doquiera los útiles de labranza y abandonar los campos, ya necesarios, destruyendo así aquella tradición de Roma, que la había hecho grande.»

Por supuesto, el recuento de Bautista Bergua y Gómez de Miguel es mucho más amplio de lo que apenas son esas líneas que gotean en este artículo. Y ahora se me ocurre pensar que lo que sigue más adelante explica la utilidad de un poeta, y de paso pone de manifiesto el astuto accionar de un lacayo del poder. «Fue en esos momentos –observaron los prologuistas– cuando Mecenas, ministro del emperador, sabedor de la ilusión de Octavio por las cosas agrícolas, vio en cierto poeta, que ya antes alcanzara notoriedad con sus “Bucólicas”, el hombre a propósito para escribir un verdadero poema de los campos. Ese hombre era Virgilio, y ese poema fue las “Geórgicas”.»

Los estudiosos arrojaron dos datos interesantes: el primero, que Virgilio tardó siete años en componer el poema que trabajó «lejos del bullicio de Roma, en el silencio de Nápoles y en casa que [el emperador] Octavio regalase anticipadamente al poeta.» Y el segundo, que el autor cambió el final original donde elogiaba a Cornelio Galo, personaje de la corte imperial, debido a que este cayó en desgracia con el poder, es decir, el patrocinador de la célebre pieza que ahora leemos como un clásico universal.