Borges y Nobel para Alfonso Reyes

Borges y Reyes© JOSÉ CARVAJAL /

Si se hubiera concretado una campaña iniciada por Jorge Luis Borges, quizá el Premio Nobel de Literatura habría llegado a México unos cuarenta años antes de caer en manos de Octavio Paz en 1990.

El candidato de Borges era su entrañable amigo Alfonso Reyes, a quien conoció en casa del humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña en Argentina. Desde entonces Borges admiró de tal forma a Reyes que lo consideraba «el mejor prosista del idioma español de este siglo [XX]», además de confesar que de él aprendió «a escribir de manera sencilla y directa».

Hay cartas que registran esa admiración y veneración de Borges por el ilustre Reyes. Pero el argentino extendió el brazo un poco más, al incluirlo como personaje en el relato «Tlön Uqbar, Orbis Tertius», publicado por primera vez en la revista Sur, en 1940. Luego, con los años y las muertes de ambos, aquel juego literario –que en su momento también practicó Julio Cortázar–, es visto como un homenaje de Borges a Reyes. Así lo considera el investigador argentino Carlos García, que se dio a la tarea de reunir en un libro las cartas de los dos escritores; y para lograrlo bajó a las profundidades de los archivos del mexicano, labor que ahora nos permite descubrir lo que parece haber sido una entrañable amistad a prueba de erudición.

Todo está en «Discreta difusión. Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, 1923-1959. Correspondencia y crónica de una amistad». El título, si bien demasiado extenso, no podía ser más conciso para decir en un lenguaje casi telegráfico todo lo que encierra ese universo de casi 500 páginas, muy bien documentado y anotado, que debemos a Carlos García.

Allí suben también a flote los elogios de Reyes a Borges, como se lee en un artículo que escribió en 1943: «Jorge Luis Borges, uno de los escritores más originales y profundos de Hispanoamérica, detesta, en Góngora, las metáforas grecolatinas ya tan sobadas y las palabras que significan objetos brillantes sin dar calidad al pensamiento, así como desconfía del falso laconismo de Gracián, que acumula, aunque en frases cortas, más palabras de las necesarias. Borges ha escrito ya una buena docena de libros entre verso y prosa. En el verso huye de lo que él llama la manía exclamativa o la poesía de la interjección, y en la prosa, cuando opera con su propio estilo, sin caricatura costumbrista, huye de la frase hecha. Su obra no tiene una página perdida.»

El otro, el mismo, que no puede ser sino Borges, siempre fue un venerador de su amigo mexicano. Basta leer la breve carta que le envía en 1955 desde Buenos Aires:

«Querido Reyes:

»Gracias por sus “Quince Presencias”, que mi madre me lee (yo no puedo aún ni leer, ni escribir ¿se imagina lo que esto es para mí?) y que escucho con especial agrado, también su “Historia Documental”. Nunca lo olvido, ni nuestras charlas con Henríquez Ureña, ni lo que he gozado y aprendido con sus libros. Saudades y un gran abrazo bien apretado de su invariable amigo

»Jorge Luis Borges»

En una entrevista publicada en 1973 en el Boletín Capilla Alfonsina 28, de México, Borges recuerda cómo conoció a Alfonso Reyes. La cita a continuación se la debemos al mencionado libro del investigador Carlos García:

«Señor Borges, ¿cómo conoció a Alfonso Reyes?

»Lo conocí en casa de Pedro Henríquez Ureña. Pedro Henríquez fue, puedo decirlo, un gran hombre, pero esa grandeza de Pedro Henríquez Ureña perdura en la memoria de quienes lo hemos conocido, es decir, fue un hombre más memorable por su palabra oral que por su palabra escrita. Aunque sus escritos son inteligentes y decorosos –no podían serlo de otro modo–, en Pedro Henríquez Ureña hay una suerte de timidez y también, esto es muy raro, yo lo noté en su gran amigo y nuestro gran amigo Alfonso Reyes.»

En la misma entrevista Borges hace una confesión de juventud, de sus inicios literarios, y en la memoria le surge el nombre de Reyes:

«Reyes fue muy bueno conmigo, en aquel tiempo yo no era especialmente nadie. Y sin embargo Reyes me trató a mí como si yo fuera un escritor considerable. A Reyes le gustaba dejar en los países que él recorría como Embajador, le gustaba dejar libros publicados por él. Él se daba a un país y además de cumplir con sus funciones diplomáticas, quería conocer a los escritores y, en especial, a los jóvenes escritores desconocidos. Y yo, por aquellos años, era ciertamente joven y más ciertamente desconocido. Esto bastó para que Alfonso Reyes me buscara y publicara un libro mío, del cual estoy bastante arrepentido ahora. Pero yo estoy arrepentido de casi todo lo que escribo, cada uno escribe lo que puede y no lo que quiere.»

Portada Borges y ReyesEn una carta de 1966 al académico James Willis Robb, de la Universidad George Washington, Borges reitera admiración por Reyes («hombre que tanto he querido y admirado») y recuerda la campaña que inició para que se le concediera el Nobel de Literatura. «Hace algunos años –dice al profesor–, creo que en el último o penúltimo de su vida, quise que se propiciara su candidatura al premio Nobel pero no me fue posible llevar adelante el proyecto, tan justo en el caso de Reyes. Por mi mala vista siempre fui mal corresponsal y nunca he tenido archivo. En cuanto a libros dedicados, los tengo todos en mi biblioteca personal de la Biblioteca Nacional, de la que soy Director, que ahora no puedo consultar…»

Sin embargo, donde Borges da mayores detalles de sus afanes de postular a Reyes al Premio Nobel de Literatura es en la entrevista publicada en el Boletín de la Capilla Alfonsina. El investigador Carlos García sugiere que se trata de la transcripción de una grabación del Programa del Ciclo de Difusión Cultural Argentino, perteneciente a la serie «América, la versión argentina». En medio de elogios algo recurrentes Borges dijo: «Yo propuse a Reyes, alguna vez, o quise proponerlo, para el Premio Nobel de Literatura. Reyes estaba en México entonces. Yo hablé con algunos amigos míos. Me place recordar de Victoria Ocampo y el nombre de Adolfo Bioy Casares. Y pensamos que si toda la América de habla española pedía el premio para Reyes, eso tendría más fuerza que si lo pidiera el gobierno de México, porque al fin de todo, los mexicanos pidiendo por un mexicano, llamarían menos la atención que todo un continente. Un continente de muchas repúblicas pidiendo el Premio para Reyes, pero aquí volví a encontrarme con el nacionalismo. Me dijeron: “Sí, pero Reyes es mexicano”, como si pudiera haber un pero ahí. Yo les dije: “Pero precisamente porque él es mexicano y nosotros argentinos, va a tener más fuerza el pedido”. Pero me dijeron: “¿Cómo vamos a pedir por un mexicano?”. Me di cuenta que no podía seguir conversando con personas así. Hice una tentativa análoga en Uruguay. En el Uruguay observaron agudamente que Alfonso Reyes no era precisamente oriental [uruguayo], sino mexicano. Y como hubiera sido un poco absurdo que Victoria Ocampo, Bioy Casares y yo pidiéramos el premio para Alfonso Reyes y que lo pidiera un hombre de letras en el Uruguay –creo que fue Emilio Oribe el único– entonces el proyecto fracasó. Es una lástima porque Alfonso Reyes hubiera honrado el Premio Nobel recibiéndolo.»

El inagotable Alfonso Reyes falleció en 1959, cuando Borges había cumplido los sesenta años y padecía una ceguera que no malogró su carrera literaria gracias a la colaboración primero de su madre Leonor Acevedo y luego de María Kodama, hoy viuda y única heredera universal del escritor. Por cierto, Borges tampoco obtuvo el Premio Nobel. ¿Será eso último otra «historia universal de la infamia»?