Una introducción necesaria

PORTADA VIVIR ES BUENA RAZONEstos cuentos de Iván García Guerra

© JOSÉ CARVAJAL

Cuando le pedimos a Iván García Guerra que lo queríamos en el catálogo de Ediciones BAS, su generosa respuesta no se hizo esperar. ¡Aceptó! Y lo más extraordinario aún fue la receptividad con que acogió nuestra idea de publicar una selección personal de sus cuentos, y he aquí el resultado: «Vivir es buena razón»; título homónimo de uno de los relatos que figuran en este libro, al tiempo que constituye una especie de declaración pública de un hombre que ha caminado toda su vida enredado entre palabras.

Se podría decir que en «Vivir es buena razón» prevalecen dos elementos: la trama y el lenguaje. La trama es lo que permite nombrar estas narraciones como «cuentos de situaciones», mientras que el lenguaje es lo que lleva al autor a demostrar que la flexibilidad y la complicidad del lector son necesarias para poder lograr el efecto de la experimentación que exhiben algunos de estos relatos. Pero quizá sea también importante mencionar que esos elementos que observamos en García Guerra se encuentran además en la tendencia literaria latinoamericana a la que él pertenece, y en obras de la promoción dominicana conocida como Generación del 60, que comparte con Marcio Veloz Maggiolo, René del Risco Bermúdez, Miguel Alfonseca, Armando Almánzar, Jeannette Miller, Efraim Castillo y otros escritores de igual consideración.

Por las fechas que aparecen al final de cada uno de los cuentos notamos que fueron escritos entre 1961 y 1972, por un joven narrador que no llegaba a los treinta y cinco años. Ese dato es necesario para ubicar este libro de García Guerra en el contexto de la narrativa de aquellos años, en los que surgieron obras que iniciaron una de las épocas más brillantes e influyentes de la literatura de América Latina, desde la publicación de «Pedro Páramo» de Juan Rulfo, en 1955; «La región más transparente» y «La muerte de Artemio Cruz» de Carlos Fuentes, en 1958 y 1962, respectivamente; hasta «La ciudad y los perros» de Mario Vargas Llosa, en 1962; «Rayuela» de Julio Cortázar, en 1963; y «Cien años de soledad» de Gabriel García Márquez, en 1967.

De modo que la literatura latinoamericana del período en que García Guerra escribió sus cuentos gozaba de tan buena salud, que el Premio Nobel de Literatura de 1967 recayó en el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, autor de la famosa novela «El señor presidente», cuya primera edición apareció en 1946. El chileno Pablo Neruda también se alzó con el Nobel en 1971.

En «Vivir es buena razón» hay temas, estructuras y rasgos discursivos que conectan la obra del dominicano con el llamado Boom de la narrativa latinoamericana y con autores estadounidenses que influyeron en los de nuestra lengua, como William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck, F. Scott Fitzgerald, John Dos Passos o Henry Miller; y europeos como Franz Kafka, James Joyce, W. Somerset Maugham, Alain Robbe-Grillet, Albert Camus, Jean Paul Sartre, Alberto Moravia, Hermann Hesse o Günter Grass.

En García Guerra se percibe un autor preocupado por la trama ingeniosa, por el juego de la experimentación, y por un lenguaje que se enriquece con los diálogos y que aspira a darse a entender ampliamente a pesar de que, a excepción de uno, estos «cuentos de situaciones» fueron escritos en la isla de Santo Domingo, donde García Guerra nació en 1938.

En la República Dominicana del período que observamos (1961-1972), la Historia se corona con el ajusticiamiento del dictador Rafael Leónidas Trujillo en 1961. A ello se suman el golpe de Estado de 1963 contra el breve mandato de siete meses de Juan Bosch, primer presidente elegido democráticamente tras los más de treinta años de la dictadura; la intervención militar estadounidense que culminó con la Revolución de Abril de 1965, y el inicio de los llamados doce años sangrientos de los primeros gobiernos de Joaquín Balaguer, en 1966. Esos y otros acontecimientos son el ambiente en que García Guerra escribió los cuentos que seleccionó para «Vivir es buena razón», y que ahora recibimos con la frescura que solo es posible encontrar en textos bien elaborados.
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