Cuentos de Borges para dormir

© 2021, José Carvajal

(Al margen: este cuento anuncia mi regreso a la ficción, muchos años después).

Hace poco fui a una farmacia y pedí cuatro Cuentos de Borges para dormir. La empleada que me atendió arqueó las cejas en clara actitud de extrañeza.

–¿Cuatro qué? –dijo.

–Cuatro Cuentos de Borges para dormir –le repetí.

La dependiente mira a su alrededor y murmura unas palabras para sí mientras escudriña con los ojos una variedad de medicamentos ordenados en una estantería de cristales.

–¿Es una pastilla eso? –preguntó con cierta frustración.

–Eso creo. Alguien me la recomendó con la seguridad de que podía inducirme al sueño.

La empleada se alejó de su puesto de cajera y fue a la trastienda donde se alcanzaban a ver medicamentos almacenados y un escritorio que imaginé de la gerencia. En efecto, de donde me encontraba yo podía ver de perfil a la dependiente mientras ella hablaba con alguien acerca de mi pedido. Hace gestos de una persona que discute, pero sin enfadarse; incluso sonríe de vez en cuando y se pone las manos en la cintura como si estuviera actuando en una obra de teatro. Luego de sentirse ya más segura de sí misma y con el pecho henchido, propio del que sabe cómo afrontar una determinada situación, la empleada regresa a su puesto y me dice que no tienen el tipo de pastilla que le pedí y que incluso no cree que existan pastillas Cuentos de Borges para dormir.

–Pero un amigo me las recomendó y asegura que son muy efectivas porque él las ha tomado.

–¿Y dónde vive su amigo? ¿Por qué no le dice se las envié a domicilio?

–Lo creo imposible. No lo conozco en persona y me daría mucha pena pedirle ese favor.

–¿Y cómo le hace caso? ¿No piensa que esa pastilla puede ser un veneno?

–No lo creo. Una pastilla con ese nombre debe ser muy buena para encontrar el sueño perdido de toda una vida. Además, no es para dormir realmente, sino para soñar.

–Pero ¿cómo se puede soñar si no se duerme?

–Dormir no es requisito para soñar.

–No entiendo nada –dijo la empleada, que finalmente desistió de la conversación para atender a otro cliente.

Yo miraba a todos lados de la farmacia por si resultaba que las pastillas estuvieran en un lugar desconocido para el personal de turno. Entre tantos medicamentos y elementos farmacéuticos no era descabellado pensar que unas pastillas podían estar extraviadas por ahí. Caminé dentro del establecimiento observando cada rincón.

–No la busque que no la tenemos –me dijo la dependiente en tono de regaño.

–Entonces ¡sí existen! De lo contrario usted no hubiera dicho que no la tienen. Si no la tienen quiere decir que alguna vez la tuvieron.

            En esas sale la persona que estaba sentada detrás del escritorio que a mí me pareció de la gerencia. Hasta ese momento no me había percatado que se trataba de un hombre. Y para colmo de males ciego como Borges, ¡y hasta se parecía a Borges!

–¿Borges? –le pregunto, ensimismado ante el parecido con ese autor de cuentos en cuyo honor habrían nombrado las pastillas que yo buscaba. El hombre me miró y sonrió con sorna.

–Ya la empleada le dijo que no tenemos pastillas Cuentos de Borges para dormir. Esas pastillas no existen en el mercado, y no me vuelva a llamar Borges. Sé que a mucha gente le parezco Borges, por mi ceguera y porque uso un bastón de laca, hecho también por Chuang Tzu. Reconozco que me gustan los tigres azules, los laberintos; y que soy devoto –séanos perdonada esta jerga– de Chesterton, De Quincey, Emerson, Cervantes, Kipling… Pero no soy Borges. Y le digo más: eso de parecerme a Borges fue precisamente producto de un sueño en el que yo era dos Borges en vez de uno. El uno que se encontraba con el otro, y el final de aquel Agosto de 1983 no pudo ser más onírico: Afuera me esperaban otros sueños.

–No entiendo nada.

–Ah, ¿ahora dice lo mismo que mi empleada cuando le vino usted con el disparate ese de la pastilla Cuentos de Borges para dormir?

–¿Un disparate?

—Por supuesto. No se le puede llamar de otra manera. Míreme, míreme bien. ¿Me le parezco a Borges?

–Pues sí. Casi podría decir que lo tengo delante de mí, pero sin el brillo de sus obras.

            El hombre, que al final resultó ser el dueño de la farmacia, me miró con toda la oscuridad de sus ojos invidentes. Me pidió que pasara a su despacho, que me sentara, mientras él caminaba con una lentitud de larva; y con la ayuda de su bastón de bambú dio con la silla y tomó posesión del asiento que bien podía estar ahí o en Ginebra, como si se tratara del trono de un rey farmacéutico. Sobre el escritorio tenía algunos objetos que llamaron mi atención: el retrato de una mujer muy parecida a Beatriz Viterbo, la hermana de Carlos Argentino Daneri, un poeta mediocre inmortalizado por «el Aleph de la calle Garay» y que Borges, el mismo o el otro, aseguraba que «era un falso Aleph».

            –¿La conoce? –me preguntó el gerente borgiano, al percatarse de mi asombro ante el retrato de aquella mujer de «grandes y afiladas manos hermosas».

            –Por un momento pensé que sí –le dije–. Y seguí dibujando con la mirada la superficie de aquel escritorio de acacia donde apenas quedaba espacio para que se reflejara la luz de la lámpara que daba al lugar un aspecto lúgubre pero interesante. Así descubrí, para mi sorpresa, que allí reposaban polvorientos los originales de los capítulos IX y XXXVIII de la primera parte del Quijote de Pierre Menard. Sin embargo, el fragmento aquel del capítulo XXII no estaba, o al menos no al alcance de mi vista.

            –Mire usted –me dijo el gerente de la farmacia. Yo leí a Borges hace muchos años, antes de que me comenzara esta ceguera que me fue oscureciendo los ojos, y le confieso que desde entonces estoy atrapado en sus sueños. Cuando usted entró pensé que vendría a salvarme de las garras de los jaguares, los tigres o los leones que se pasean libremente por la obra de ese inmortal chestertoniano que nació jueves. Si quiere pastillas Cuentos de Borges para dormir no haga otra cosa que leerse a Borges; le aseguro que si lo hace bien, nunca dejará de soñar, pero tampoco volverá a ser usted mismo, sino el otro; mírese en mi espejo; por cada cuento leído me fui transformando en la sombra inútil de un Borges más ignorante que el original. En conclusión, Borges no será otra cosa que una maldición en su vida.

Lo miré con estupor y asombro. ¿Cómo era posible que existiera semejante ejemplar humano?

Abandoné el despacho de aquel inverosímil impostor Borges; y cuando quise agradecer a la empleada, por sus atenciones, me di cuenta que la farmacia no existía y que, por lo tanto, ella tenía razón, pues tampoco existía la pastilla Cuentos de Borges para dormir.

José Carvajal
Rhode Island (USA)
25 de enero de 2021.